Acudió en cierta ocasión don Severo Ochoa a Sevilla para dar una conferencia en la universidad. Después de su última retirada, Manolo Vázquez fue a escucharle.
Así lo contaba el diestro sevillano:
“Cuando regresé a casa, me preguntó mi mujer:
– ¿Qué tal la conferencia?
– Bien, me ha gustado mucho. Ha hablado de sus experiencias en investigaciones.
Me acosté y continué dándole vueltas a la conferencia. Por la mañana me levanté y le dije a Remedios:
– Me voy a ver a don Severo.
– Manolo, pero ¿te conoce?.
– No, pero tampoco me conocían algunos de los que vinieron a felicitarme después de una corrida.
Me marché al hotel Alfonso XIII donde estaba hospedado. Pregunté por don Severo y se quedaron extrañados. Me dijeron que estaba a punto de bajar en el ascensor. Le esperé. El hombre se quedó mirándome pensando que mi cara le resultaba conocida.
– Don Severo, Manolo Vázquez.
– No soy aficionado, pero en cierta ocasión le vi una buena faena. ¿Qué desea?.
– Pues mire, ayer estuve escuchando su conferencia.
– Se aburriría…
– Todo lo contrario. No he dormido.
– Hasta que me marche, cuénteme.
– Mire, he llegado a la conclusión de que soy un investigador como usted.
Hubo un silencio sepulcral. Debió pensar que yo era un loco. De repente, don Severo me miró a los ojos e inquirió:
– ¿Usted, investigador?.
– Sí señor, porque cada vez que sale el toro por el chiquero tengo que averiguar su comportamiento.
– Sí señor, científico es. Y de los buenos, porque usted tenía que solucionar los problemas en el ruedo sobre la marcha mientras yo, mediante fórmulas, tenía años para despejar los míos, y…
– Diga, don Severo.
– Ustedes los toreros son científicos que además se juegan la vida.







