Los astados de Santiago Domecq, bien presentados y muy variados de pelaje, ofrecieron un muy notable juego. Bravos, encastados, con movilidad y calidad, sirvieron para que los chavales exhibiesen los progresos que han experimentado este año en su aprendizaje.
Bien presentado y cuajado el castaño bociblanco y ojo de perdiz primero, que tuvo fijeza y repitió las embestidas humillando y con celo. El colorado y bien armado segundo, muy astifino, tuvo celo y en la muleta dio un excelente juego. Bravo, con fijeza, repetidor y humillando, resultó un excelente ejemplar. También bueno, con tranco y viniéndose de largo el castaño tercero. Prontitud, fíjeza y alegría fueron los ingredientes y las virtudes del cuarto, con profundas embestidas y siempre repitiendo. El también colorado quinto se vino siempre de largo, obedeciendo los cites y con alegría y prontitud. Y el negro cierraplaza, más terciado, salió abanto de chiqueros y le costó algo más. Más agarrado al piso y pensándoselo, aún así se desplazó.
Pedro Monteagudo, de la escuela de Albacete, lanceó con gusto y cadencia con el capote. Luego muleteó con oficio y buen aire, aunque pecó de mostrarse algo encimista y no terminar de dar el sitio adecuado a su oponente. Mató de un estocada rinconera.
Joaquín Caro, de la escuela de Madrid, se lució en banderillas, clavando reunido y arriba en los tres pares. Luego muleteó con apostura y oficio, ante un excelente novillo, ante el que le faltó darle un poco más de distancia y cruzarse más. Con todo, su trabajo tuvo nivel. Mató de una media desprendida de efectos fulminantes.
Javier Zulueta, de la escuela de Sevilla, de quien hablan y no acaban, se mostró como un coletudo de buen corte, aunque nunca acabó de cruzarse ni pasar de la raya de la prudencia. Quiso siempre componer y ponerse bonito, pero en todo momento muleteando hacia afuera y sin compromiso. Toreando con el pico, pinturero y superficial, no respondió a las expectativas. Eso sí, dibujo dos pases de pecho de pitón a rabo que tuvieron impronta. Mató de una buena estocada.
Pedro Luis, de la escuela de Toledo, lanceó con buen son, espectacularidad y comunicación con el público, tras demostrar su actitud yéndose a porta gayola. Luego comenzó su faena con pases cambiados por la espalda y muleteó con sinceridad y bien colocado, en un trasteo de fondo y sincero. Con todo, a su labor le faltó un tanto así de sello y expresión. Además, prolongó su labor en exceso, y al final falló con los aceros.
Simón Andreu, de la escuela de Valencia, lanceó con vibración y espectacularidad y banderilleó clavando siempre cuadrando en la cara y con tanta verdad como exposición. El torero de Chiva brindó la faena a su paisano, antiguo alumno de la escuela y ahora su mozo de espadas Alejandro Contreras. Firmó un trabajo serio, con firmeza de plantas, asentamiento, ortodoxia, seriedad, ligazón y excelente fondo. Mató de una gran estocada. Le pidieron las dos orejas aunque el presidente solo se dignó a conceder una. Con todo, Simón se abrió un amplio crédito.
Ian Bermejo, de la escuela de Castellón también se fue a la puerta de chiqueros a recibir a su antagonista. Toreó muy voluntarios y con afanes, voluntad y siempre queriendo hacer las cosas bien. A pesar de que pechó con el novillo más deslucido del encierro, se justificó pegándose una arrimón y pisando terrenos de cercanías. Paso las de Caín para matar.