Morante abrió la puerta grande tras una actuación de tanto compromiso como brillo.
Albacete, 12 de septiembre
Quinta de feria.
Lleno.
Toros de Domingo Hernández, bien presentados, justos de fuerza y nobles y manejables.
Morante de la Puebla (de tabaco y oro), ovación y dos orejas tras aviso.
Paco Ureña (de caña y oro), ovación tras aviso y oreja con aviso.
Borja Jiménez, (de púrpura y oro), vuelta al ruedo tras aviso y oreja tras otro aviso.
Paco Delgado
Fotos: Alberto Núñez Aroca
Corrió el rumor por Albacete, casi desde que comenzó la feria, de que Morante, finalmente, no estaría presente en el serial. Incluso se aseguraba que tal diestro ocuparía su puesto. Pero Morante vino y a su reclamo la plaza se volvió a colmar. Segundo lleno de No hay billetes. Y el consiguiente ajetreo de rezagados y tardones que apuran hasta la última décima de segundo para acceder a su localidad, sin importarles lo más mínimo las molestias que ocasionan.
Algunos no pudieron ver la serie de verónicas -de las que sólo una salió limpia y tersa- con que el de La Puebla recibió a su primero. Con todo el mundo ya en su sitio comenzó Morante su faena. Una tanda templadísima de derechazos para enlazar con otra al natural procurando no forzar mucho a un toro muy justo de fuerza. Esa fue la tónica de su labor, dosificar la energía de su oponente mientras desgranaba muletazos de planta firme y excelente trazo pero sin emoción, dado el poco empuje del cornúpeta.
También quedó inédito con el capote en su segundo turno y dejó que le dieran fuerte en varas al de Domingo Hernández, “Chulo” de nombre. Lo sacó de las tablas al tercio a ritmo lento sin encontrar material para que la faena tuviese unidad. Pero Morante había venido y no se conformó con cumplir con el trámite. Para chulo él, y, poco a poco, como si torease para sí mismo, como si fuese una cuestión de orgullo, fue regalando muletazos de orfebrería fina y a cámara lenta, dejando patente su personalidad única y su compromiso, rematando con una estocada fulminante que le valió para asegurar la puerta grande. La primera que se apunta en esta plaza. Morante vino, vio y venció. Y como Julio César, dejó para la memoria colectiva un texto escrito con muleta y estoque.
Paco Ureña, vestido de Dámaso y oro, se estiró al saludar al segundo, al que ligó un trasteo de mano baja a muy baja. Con mucho mando y sin un enganchón y aunque se permitió muchos tiempos muertos acabó metido entre los pitones. Sus dudas a la hora de matar le privaron de premio.
En el mismo son y con los mismos argumentos se midió al quinto, al que apuró de cabo a rabo, sacando muletazos de gran profudidad y empaque pero entreteniéndose mucho entre serie y serie. Mató recibiendo y aunque la estocada cayó baja se le procuró una oreja.
Resultó atropellado Borja Jiménez al irse a portagayola para recoger al tercero, con el se lució con los delantales con que le fijó. Cuando rebajó su exigencia para con el toro, que se iba al suelo a cada muletazo, se encontró con que al reducir el sometimiento su oponente se revolvía y le costaba seguir el engaño, con lo que su quehacer, largo y de mucha probatura, no acabó de coger altura. Eso sí, la estocada le valió la vuelta al ruedo.
Con la plaza ya convertida en un manicomio el de Espartinas buscó también su ración de triunfo a base de entrega, disposición y mando ante un toro rebrincado pero acometedor mientras tuvo fuelle.









