El Niño de las Monjas abrió la puerta grande y una oreja cada uno se llevaron Alarcón y Perera.
Valencia, 16 de octubre
Tercera de feria.
Algo más de un cuarto de entrada.
Novillos de El Pilar, el segundo corrido como sobrero, bien presentados pero deslucidos. El mejor el cuarto.
El Niño de las Monjas (de crema y oro), oreja con aviso y oreja.
Álvaro Alarcón (de blanco y plata), oreja y vuelta tras aviso.
Manuel Perera (de celeste y oro), ovación tras aviso y oreja.
De las cuadrillas destacaron Raúl Blázquez y Gómez Escorial.
Paco Delgado
Foto: Mateo
Aguantó el agua que se anunciaba y pudo darse la única novillada picada programada en una feria de fallas que se presenta complicada, fundamentalmente por el temporal que amenaza, muy seriamente, con deslucir esta feria que ha costado dos años recuperar.
Pero, de momento, aunque el encierro de El Pilar, muy bien presentado, eso sí, fue soso y sin gracia en líneas generales, los novilleros pusieron todo de su parte y contribuyeron en buena medida a salvar la función. Son las cosas del querer ser.
Arrancó El Niño de las Monjas la ovación inicial de la tarde al recibir a porta gayola al novillo que abría plaza, derrochando luego ganas e interés pese a que su oponente, remolón y renuente, no se lo puso fácil, luciendo en un trasteo largo e intermitente al torear sobre la mano diestra. Mató con contundencia y rapidez y se llevó la primera oreja de la función.
Se vio apurado al torear de capa al cuarto, que también apretó al peonaje aunque en el último tercio tuvo mucho mejor son. El novillero valenciano no se arredró y tiró de coraje para someterle y corregir su desordenado embestir de salida. Lo hizo, primero, no arrugándose, todo lo contrario. Y segundo, toreando con temple y verticalidad, llevando al astado uncido a la muleta y, para terminar, amarrar con el estoque una puerta grande del todo merecida. La primera del ciclo.
Se derrumbó en el peto el segundo, siendo sustituido por un sobrero con hechuras de toro y más serio que un carabinero, demostrando con él Álvaro Alarcón disposición, firmeza y buenas maneras, no dejándose intimidar por las rebrincadas embestidas del novillo ni por el fuerte viento que le descubría a cada momento, dejando una faena sólida y valiente que le valió una oreja al matar arriba y en su sitio.
Volvió a demostrar su clase y maneras con el quinto, especialmente en la primera parte de su trasteo ante un novillo descompuesto y que fue a menos, evidenciando el toledano que tampoco le falta valor. Alargó mucho su labor en busca de lucimiento y sus ansías se le volvieron en contra, ya que el aviso que escuchó antes de entrar a matar le costó salir a hombros.
Dio que hacer el tercero, metiéndose por dentro y buscando, defectos que Manuel Perera combatió a base de decisión y entereza, aunque basó su quehacer en la cantidad más que en la calidad, abusando de vaciar las embestidas hacia afuera y sin acabar de imponerse al insulso acometer de El Pilar.
Tras una indecisión se llevó una fuerte voltereta al recibir de capa al sexto, y aunque se rehizo -anduvo bullidor y animoso, sin escurrir el bulto ni volver la cara, lo que le costó otro par de sustos- toreó sin ideas claras, de manera atolondrada, siempre sin sitio ni recursos, a merced del novillo y en un continuo ay. Pero esto es lo que tiene el querer ser.









