La seriedad y su administración

Manzanares salió a hombros y debió hacerlo también Emilio de Justo.

Albacete, 10 de septiembre.
Tercera de feria.
Lleno dentro del aforo permitido.

Toros de Daniel Ruiz, serios, bien presentados y de buen juego en general.

Antonio Ferrera (de turquesa y oro), silencio y pitos.
José María Manzanares (de azul noche y oro), oreja y oreja.
Emilio de Justo (de tabaco y oro), vuelta al ruedo y oreja.

Del peonaje destacaron Javier Valdeoro y Fernando Sánchez.

 


Paco Delgado

Fotos: Mercedes Rodríguez

Sigue alto el listón en Albacete, no sólo en cuanto al  nivel del toro que aquí se lidia sino en la exigencia del palco, cuya seriedad roza a veces la intransigencia o hasta la injusticia. Ayer se pidieron más trofeos para los diestros y no se atendió la demanda que, a lo mejor, pudiese haber sido de razón.

Y el ejemplo estuvo ya en el segundo, amplio y voluminoso, con el que se lució Manzanares al veroniquear y al que toreó a cámara lenta y en un sello de correos, con las plantas inmóviles y haciendo interminables sus muletazos. Al natural el toro tuvo menos recorrido y volvió al toreo en redondo, exprimiendo a un ejemplar incansable por el pitón derecho y al que pasaportó de un volapié inapelable, pareciendo poco al público la oreja con que se le premió.
La puerta grande llegó tras acabar con el quinto, renuente de inicio pero que acabó claudicando a la poderosa muleta del alicantino, que aguantó dudas y miradas de su oponente para sacar otra faena de nota en la que él llenó la escena.

También se pidió más para Emilio de Justo, que se dobló por bajo para ahormar a su primero, toreando luego con largura y sobriedad, prescindiendo de parafernalia o exhibiciones supéfluas, bajando mucho la mano y sometiendo a un toro que duró mucho y fue siempre a más.
Se lució al recibir a la verónica al sexto y levarlo luego al caballo galleando por chicuelinas. El de Daniel Ruiz no fue fácil, sin acabar de humillar y echando la cara arriba y el extremeño no se cansó de buscarle las vueltas, entregado y muy dispuesto. Al natural pareció que sacaría provecho pero no acabó de macizar su labor.

Pese al brillante tercio de banderillas que protagonizaron Valdeoro y Fernando Sánchez, dejando a la gente my predispuesta al aplauso y recompensa, Antonio Ferrera no vio claro a su primero, un precioso colorado con el que estuvo mucho rato buscando sitio y punto. Y no acabó de encontrar ni una cosa ni la otra. Desconfiado y premioso, su primer turno fue humo. Y menos huella dejó su segunda faena, en la que no se aclaró nunca con un toro más antipático pero para nada imposible.

 

 

Aunque nacido en Madrid y criado en Albacete, ha pasado ya más de media vida en Valencia, donde está afincado desde 1977.

Socio fundador, en 1988, de la agencia de publicidad Avance D.P.S.L., sigue ejerciendo en ella como director de publicaciones y llevando el tema taurino en la misma.

Es autor de alrededor de setenta libros de temática taurina, entre ellos los resúmenes de las temporadas en la Comunidad Valenciana, desde 1994 hasta la actualidad; además ha escrito Historia de la tauromaquia en la Comunidad Valenciana, Una década en el ruedo, Tal día como hoy, El color en el toreo, De seda y oro, Historias de San Isidro, Historia de la plaza de toros de Alicante, Con la pata p’alante, Historia de la feria de fallas, Los toros son cultura ¡Claro que sí!, Caricatoros, Los toros en el siglo XXI, Camiserito… y las biografías de Vicente Barrera Cambra, Maribel Atiénzar, Ivarito, Enrique Ponce o el toro Ratón…