De pronto se te viene otra Feria de Julio más al cuerpo. ¿Cuántas van? No contemos, por favor. ¿O sí? Muchas, en todo caso. Claro, que aquellas ferias de julio de nuestra adolescencia y juventud nada tienen que ver con la de hogaño. ¿Será la edad la que nos condiciona? Será, sin duda. En todo caso, comparaciones aparte, una más al cuerpo…y que queden muchas más.
Al llegar estas calendas vienen los recuerdos. Si, de aquella adolescencia y juventud. Aquellos pabellones en el Paseo de la Alameda, donde bajo un sol de justicia (la única justicia constatable es la del sol en julio), éramos capaces de adentrarnos en cualquiera de aquellos recintos donde un grupo musical, en ocasiones de fama contrastada, nos hacía trasportar el cuerpo al rítmo marcado para la ocasión. Por entonces lo que más molaba era “bailar pegados”, cuestión inventada años antes de que Sergio Dalma lo recordara a los jóvenes o puretas del tiempo actual. “Bailar pegados”…lo más pegados. Aunque en ocasiones la “churra” de turno te ponía los codos a la altura del pecho y no había manera de bailar de verdad pegados. ¡Qué habilidad tenían algunas! Ya podías atacar por cualquier flanco, que nunca llegabas al destino deseado. ¡Vaya!
Ahora el Paseo de la Alameda vive su silencio diario, con permiso de la impertinente circulación. Solo alterada por la Batalla de Flores, el único vestigio junto a las corridas de toros que queda de la verdadera Feria de Julio. La que nació para que la ciudad no paralizara su actividad; la que surgió desde el propio ayuntamiento para que las gentes de la huerta se acercaran a la ciudad y gastaran los reales obtenidos en la recolección. Aquella que unía todos los niveles sociales y políticos. Claro, dirán, los tiempos cambias. ¡Claro que cambian! ¿Para bien? ¿Para mal? Sírvase usted mismo.
Yo me quedo con aquella de la adolescencia y juventud por razones obvias: por las mañanas interminables partidos de fútbol en la plaza de las Arenas; la “colada” a la piscina del balneario del mismo nombre; el aperitivo de clochinas con los amigotes…y, por la tarde, cuando no toros, cuando si al Paseo de la Alameda, a los pabellones musicales. Aunque tarde tras tarde, te tropezaras con la “churra” de turno que te ponía los codos bien apretados a la altura del pecho y de ahí no pasabas por hábil que fueras.
Pues eso. ¡Salut!









