Los novillos lidiados de La Lucica, todos hijos del semental Chaparrito de Garcigrande, dieron buen juego. Bien presentado el encierro, variado de pelaje, aunque quizá le faltó un punto de remate, pero cumplió con creces. Todos ellos para un quinteto formado por cinco alumnos de la escuela de tauromaquia de Valencia, que tuvieron una buena aunque exigente prueba para medir sus posibilidades.
Abrió plaza Sastre, que tuvo una incansable movilidad, con el defecto de mansear pero exhibiendo un gran fondo. Fusilero, el segundo, encastado y repetidor, dio un juego más que interesante. Siempre pendiente del torero, al que incluso le llegó a atosigar, tenía mucho y bueno que torear. El tercero, Rosadero, también exhibió movilidad y duró mucho. El cuarto, Algodón, castaño, encastado, repetidor y con su punto de exigencia. Y el quinto colorado, Expresivo, de nombre, dio un gran juego.
Jorge Escamilla, se mostró como un torero enterado y con oficio. Exhibió recursos, facilidad y sentido de la ligazón en un trabajo que, con todo, no terminó de tomar vuelo.
Luis Pizarro lució con el capote y luego templó y ligó los muletazos ante un novillo encastado y con mucha movilidad, frente al que plantó cara con asentamiento y decisión.
Pablo Torres, lanceó con cadencia, gusto, compás y torería a su novillo. A los sones del pasodoble Nerva, firmó una faena expresiva, rutilante, torera y sobrada de sentimiento, con sello y firma. A veces le faltó acomodarse a las condiciones de su antagonista, pero tiene personalidad, que es lo que en definitiva se paga.
José Román, a pesar de su bisoñez, apunta un más interesante corte de torero. Verticalidad, asentamiento, firmeza y personalidad puso de manifiesto a los sones de Puerta Grande.
Álex Casas, quien mataba su segundo novillo, no dejó de plantar cara con actitud plausible, digna exposición y enormes ganas de ser frente a un novillo exigente, ante el que no perdió la cara en ningún momento y firmando momentos de relevancia.
Fotos: Litugo