En cualquier tiempo pasado éramos más jóvenes

Tengo la tentación de meterme en camisa de once varas, pero voy a resistir. Lo digo porque la tarde de ayer da para mucho; para reflexionar, para mirarse en el espejo y hasta para avergonzarse. Pero, como digo, me resisto. No es misión de este espacio hablar en modo crónica. Pero en el resumen del martes que viene, voy a por todas. No voy a perder la ocasión de intentar salvar el honor de una plaza que parece haber perdido el norte. Ahora, con su permiso, me voy a poner romántico.

Uno recuerda la Feria de Julio de su niñez, de su adolescencia y su primera juventud. Eran otros tiempos, claro. No los comparo, pero que nadie me quite el recuerdo de un tiempo en que todo era de color rosa, de sueños futuros e ilusiones por llegar. De aquellas ferias de Sant Jaume, uno recuerda los prolegómenos de las corridas. Antes de entrar a los toros, siempre en compañía de mi padre, era de obligado cumplimiento pasar los los Helados Italianos que había frente a la plaza. El heladito de rigor, para combatir los calores de julio (que nadie piense que por entonces en julio no hacía calor, que lo hacía, desde luego) y una vez consumido, entrar a la plaza. Uno llegó a conocer, a conocer bien, cuando la verja que rodeaba la fachada del coso. Entrabas y te encontrabas con un espacio amplio, donde se formaban corros de aficionados que comentaban o hacían cábalas sobre la corrida a punto de comenzar.

Estaba también el bar, en la otra punta de la acera. Tras la corrida, era centro de reunión y discusión sobre lo que había pasado en el ruedo. Y Cantaclaros, aquel crítico improvisado, se subía a una escalera y de puño y letra con tiza, hacía la crónica del festejo en una pizarra que se levantaba casi a la altura del techo. Dicen que una vez el apoderado de un torero no estaba conforme con lo que estaba escribiendo Cantaclaros y le quitó la escalera, el pobre crítico dio con sus huesos en el suelo. Aquel bar era centro de reunión de los viejos aficionados y los viejos banderilleros valencianos, que se juntaban para evocar sus hazañas en los ruedos. Con la reforma del 68, la verja y el bar desaparecieron, y otra época alumbró.

A día de hoy nada de aquello volvió a ser como era. Los tiempos cambian, dirán o diremos todos. No sé si cualquier tiempo pasado fue mejor; éramos más jóvenes, desde luego. Eso es lo que verdaderamente echamos de menos.

Vicente Sobrino

Nació en Valencia en 1950.
De 1993, sigue en la actualidad en formato digital. Diario “El País”.

De 2002, sigue en la actualidad. Corresponsal taurino en la Comunitat Valenciana.

Ha escrito los libros “Memoria de Luces”, trilogía, historia de la plaza de toros de Valencia (1857 a 2000). “Antología poética de Rafael Duyos”, semblanza biográfica, (Diputación de Valencia, 2009); Colección “Mestres/Maestros” (Diputación de Valencias), seis volúmenes sobre las figuras del toreo valenciano, junto a Pepe Luis Benlloch. “El espacio y sus personajes” (Diputación de Valencia, 1997), multidisciplinar; “150 años de la plaza de toros de Valencia” (Diputación de Valencia, 2009), multidisciplinar; “Manuel Granero, una leyenda” (Diputación de Valencia, catálogo 2022, con motivo de la exposición del mismo título de la que fue comisario. “Historia de la Feria taurina de Fallas” (Diputación de Valencia / Avance Taurino, catálogo, 2014), exposición comisariada junto a Paco Delgado; “25 años de Avance Taurino” (Avance de Publicidad). “La huella escrita”, 40 años de periodismo taurino (Avance de Publicidad).

Artículos y colaboraciones en distintas publicaciones de ámbito público y privado, libros de fiestas (Libro Oficial de la Semana Santa Marinera de Valencia), etc.

Charlas, coloquios, conferencias, mesas redondas, en distintos puntos de la geografía española.

Presentador de eventos: conciertos de música y otros. Autor de diversos prólogos de libros de temática variada.

Miembro asociado de la Unió de Periodistes Valencians, con el número 123.