Con el invierno, llega la oportunidad para el aficionado de dedicarse a la lectura de libros taurinos. En esta ocasión, traemos a colación la novela corta titulada Blanquito, peón de Brega, obra Jorge Cela Trulock, a la que en el año 1958 se concedió el Premio Ateneo de Valladolid.

Hermano pequeño de Camilo José Cela y nacido en Madrid en 1932, es licenciado en Ciencias de la Información y ha publicado en revistas literarias relevantes como Cuadernos Hispanoamericanos, Papeles de Son Armadans y La Estafeta Literaria. Y asimismo fue el primer director literario de la editorial Alfaguara.
Es autor además de varias novelas, como Las horas, Trayecto Circo-Matadero, Compota de Adelfas, Inventario base y A media tarde. También ha escrito libros de cuentos como los titulados Carta a la novia y Cuando sonríes. En 1984 con Tatatlán, tatatlán, relato onírico y poético, ganó el premio literario de narraciones breves Antonio Machado, convocado por Renfe.
La producción narrativa de Jorge Cela, a pesar de no haber alcanzado gran resonancia, está dentro de una línea renovadora, tanto en su expresión como en la técnica, en la que incorpora la del llamado nouveau roman francés.
En la novela citada, Blanquito es un viejo torero quien soñó en su momento con llegar a ser matador de toros. Por las circunstancias, sólo pudo llegar a ser un humilde peón de brega. Oscurecido por el resplandor del maestro a cuyas órdenes actuaba, fue desarrollando su carrera en el anonimato. Con todo, y antes de retirarse de las plazas, quiere hacer algo grande para dejar los ruedos con buen sabor de boca y la máxima dignidad. A lo largo de las noventa y seis páginas de la obra, Blanquito piensa, sueña y nos refleja el palpitar de su corazón y su cerebro. En él sólo cabe un mundo, sólo un pensamiento: el toro, la arena, la sangre y el miedo.
Se trata de un monólogo que revela los anhelos y desvelos de un subalterno, sus sueños, ilusiones y fracasos. En esta obra se consigue dignificar la figura de los modestos banderilleros, quienes se juegan la vida por los pueblos como único medio de ganarse la subsistencia. Refleja la pequeña historia de los lidiadores modestos, su odisea, la oscuridad de sus vidas, describiendo el papel de sacrificio, tan cercano y tan distante, a la vez, de la posición fulgurante y triunfal de los diestros de fama y renombre.
Algunos fueron matadores que tuvieron momentáneamente un puesto relevante en el escalafón, y cuando pierden el favor del público se han de reconvertir en toreros de plata, para servir al torero afamado. Muchas veces, en el ruedo, recibiendo las órdenes, preparando al cornúpeta, sorteando los peligros, el que fue espada y dejó de serlo, se acordará de sus tardes de éxito, cuando era él quien daba las órdenes y disponía. Y hubo otros muchos que fueron, desde el comienzo, eso, simplemente peones.
Cela Trulock exalta en su novela a estos diestros anónimos.









