Ya lo vimos en Sevilla. Y la segunda de Madrid, nada más empezar. Las de Perera decían que una es poco y dos es mucho. Faena con aviso antes de entrar a matar. Y larga y no redondeada. Con muchos tiempos muertos y, quizá por eso, la negativa del toro a pararse y que no le pudieran entrar a matar.
Madrid. Ricardo Díaz-Manresa
La culpa siempre la tiene el público, el pueblo, generoso o ignorante o triunfalista. Y pasa con los equipos de fútbol, en las elecciones políticas, en los toros, en todas partes. El pueblo tiene aciertos y errores, siempre democráticos, pero los tiene como diría Pedro Almodóvar al recibir el oscar a la mejor película extranjera y en España no hacerle ni puñetero caso.
Y después el presidente. En Madrid, por ejemplo, Gonzalo Villa. O en la Maestranza, otro ejemplo para no imitar, Luque.
El caso es que hay –o sigue- la moda de dar orejas por un público enloquecido que sobrevalora, quizá, lo que ve o cree ver.
Perera es torero muy bueno y contrastado, en buen forma como demostró en Sevilla en otra buena faena, premiada esa vez con una sola oreja, que parecía lo justo, pese a la locura de los pañuelos.
Y en el día del Santo madrileño, Finito estuvo como siempre y Urdiales como casi siempre. Y a su favor –aunque esperándole- el público de Madrid se le ha entregado. Y el detalle de Perera de acordarse de Ferrera y brindarle el sexto. Y la asistencia del Rey Emérito y los toreros brindando y agradeciendo su presencia, su hija Elena y su nieta Victoria Eugenia. Y un muy buen tercer toro en tarde de toros no exactamente buenos. Y un llenazo el día del Santo, de que se ha dicho que fue el que sacó a hombros a Perera. No fue así : lo sacó Gonzalo Villa, el presi.









