El genial cineasta albaceteño José Luis Cuerda acuñó una frase -el título de una de sus más célebres películas, Amanece que no es poco- que ha hecho fortuna y sirve ya de muletilla al hablar de algo relacionado con lo importante que resulta que las cosas, al menos, puedan hacerse o, mejor, intentar hacerlas. En el mundo de los toros no parece, sin embargo, que haya calado.

Paco Delgado
La moraleja que desprende se antoja que ha pasado inadvertida, como tantas otras cosas, a los responsables del negocio taurino, que demuestran no saber nada de esta parodia del mundo rural con situaciones surrealistas; con un guión, que roza el esperpento, repleto de situaciones de humor delirante que el propio Cuerda definió como sururalismo, haciendo especial hincapié en el lo peculiar y típico de un modo de vida ya por muchos olvidado y que, sin embargo, sigue proporcionando innumerables enseñanzas.
¿Qué hemos aprendido de este cuento de estampas mágico-costumbristas, que logra que el espectador se ría de sus propias desgracias? Yo diría que poco. No se reflexiona sobre la conveniencia de convertir lo cotidiano en algo extraordinario; se pasa muy por encima de este tratado de aires mundanos y contundentes, que combina elementos de la cultura española con una filosofía muy particular, una especie de sátira que pone en tela de juicio nustra propia idiosincrasia y que hoy en día hubiese sido imposible debido a esa estúpida maldición que es la corrección política ¿Quién se atrevería a condenar a alguien por plagiar a Faulkner?
Amanece una nueva temporada. Ya se vislumbran los primeros rayos del sol que alumbrará la campaña de 2026 y, sin embargo, ya son muchas las ferias con carteles rematados, publicados y en la calle. Resulta que ya no es suficiente el hecho de que se nos ofrezca una nueva oportunidad para hacer y ahora hay que adelantarse al reloj. Lo que en unos casos es algo conveniente y positivo pero en otros puede resultar atropellado.
Por sus fechas y características, los seriales mediterráneos que abren el circuito claro que son susceptibles de tener sus combinaciones atadas y cerradas con la suficiente antelación como para aprovechar el tirón comercial de las fiestas navideñas y ofertarlas como extraordinario regalo para esas fechas. Tanto en Valencia por fallas como en Castellón para La Magdalena el pescado está vendido desde el fin del ejercicio anterior. Son ferias en las que no cabe el experimento ni las probaturas. La gente -que no hay que confundir con el aficionado- va a lo seguro y ahí entran los principales nombres del curso anterior, lo que su memoria retiene y recuerda.
Y para finales de octubre ya se sabe quiénes han sido los grandes triunfadores, los destacados, los que han salido a hombros y los que han protagonizado tardes memorables y firmado faenas para recordar. También se conoce a los diestros que han sido revelación, que a lo largo de los nueve meses anteriores han dejado ver su progresión y posibilidades. Y ahí está la base para componer la cartelería de esos ciclos tempraneros. Figuras contrastadas, juntas y por separado, en combinación con la savia nueva. Las florituras, frivolidades y caprichos están de más.
Sevilla, que este año viene pronto por eso del calendario litúrgico, tampoco pide ni admite extravagancias y ahí el nuevo responsable de La Maestranza no se andará por las nubes. Y ya lo ha demostrado en las plazas, muchas, que hasta ahora ha gestionado.
Pero Madrid es otra cosa, y aunque se haya conseguido convertir San Isidro en un acontecimiento social de inexcusable presencia que procura llenos a diario se anuncie quien se anuncie, sí que debería aguardar a dar sitio y reconocimiento a quien haya podido ser sorpresa o triunfado a lo grande en los abonos previos. Meter siempre a los mismos, que muchas veces ya han evidenciado ir cortos de gasolina, puede que no influya en la asistencia a Las Ventas, pero obstaculiza la natural proyección de quien a lo mejor sí que ya lo merece y frena la imprescindible renovación del escalafón.
Aquellos son contingente, pero estos son necesarios.







