Que no pare la música

Cuando para que la edición de 2026 de San Isidro eche el cierre y sea ya historia falta sólo el colofón y estrambote de la Corrida de Beneficencia -antaño reservada para los triunfadores del ciclo isidril o para algún ausente del mismo que buscase reivindicarse-, muchas son las cosas que hasta ahora han sucedido en este serial que se quiere como el más importante del calendario.

Y no pocas las que han dado que hablar y motivo para la tertulia, el análisis, la polémica y, cómo no, la bronca. Siempre es bueno que haya cosas sobre las que discutir, que generen reacciones de uno u otro signo, que muevan a la gente. Más vale un buen escándalo que un silencio indiferente, predicaban los toreros de arte cuando eran geniales e impredecibles. Que hablen bien o mal, lo importante es que hablen, decía Salvador Dalí, haciendo inmortal una frase que ya antes había usado otro genio, Oscar Wilde: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti aunque sea mal, y es que no hablen de ti”.
Tras su actuación del pasado domingo 31 de mayo en Madrid, Antonio Ferrera dio titulares, provocó controversia, animó el cotarro y dio la razón al pintor catalán y al escritor irlandés. Lo que hace falta es que se hable. Nada hay peor que una cosa suceda y pase desapercibida.
Desde luego lo hecho por el diestro extremeño no pasó inadvertido y generó un alud de reacciones. Unas favor, no pocas en contra, varias de tibio apoyo, muchas de disgusto y otras tantas de desagrado en sus distintos grados, desde la incomprensión hasta el enojo furibundo pasando por el berrinche más o menos justificado o justificable. Pero lo hecho hecho estaba, para bien o para mal, y él sumaba otra Puerta Grande en Las Ventas y salía hombros y en triunfo mientras la gente no hablaba de otra cosa. Objetivo cumplido y enhorabuena.
Su primero, el toro que abrió plaza, un serio cinqueño de Adolfo Martín que se movió poco, le impidió lucir. El segundo tampoco tuvo entrega y poco pudo hacer con él Escribano, que se las vio luego con otro oponente reservón, sin recorrido y con peligro, y el tercero cogió de mala manera a Ureña. Ahí ya vio Ferrera que había que hacer algo y que la tarde estaba para él.
Con el segundo toro de su lote, que tuvo más humillación y con el que brilló en banderillas ese gran profesional que es Ángel Otero, ya dio fiesta, mostrándolo por ambos pitones, sacando todo lo que tuvieron él y su contendiente, provocando ya las primeras muestras de asombro y división de opiniones cuando, para matar, se fue hacia el toro desde 10 ó 12 metros, andando con parsimonia y teatralidad para conseguir su primera oreja.
El número fuerte llegaría con el que cerró plaza, y del que se tuvo que hacer cargo al impedir los médicos que Ureña saliese tan herido como estaba. Se lució al recibirle de capa y al asomar los caballos hizo bajar al piquero de tanda y se aupó él al penco para picar, digamos que como pudo, desmontando corriendo para quitar, originando ya más ovaciones que repulsa. Brindó a su colega maltrecho y en el centro del ruedo se lo pasó por un lado y por el otro en un quehacer afanoso y dominador que remató con una media desprendida y un golpe de verduguillo. Oreja, Puerta Grande, delirio y enfado. Triunfo. Jolgorio. Ganas de volver mañana.
La corrida de toros es ante todo y sobre todo espectáculo, siendo fundamental satisfacer al público, que es quien paga y mantiene el tinglado. Hacer siempre lo mismo termina aburriendo y sorprender con cosas distintas, desusadas y asombrosas es de agradecer. Así lo entendió Ferrera, y aunque él piense al revés, va en su contra el poner siempre cara de pasmo, como de no dar crédito ni él mismo a lo que hace, dejando ver que es casi como una casualidad lo realizado. Esa exagerada demostración sí que va en detrimento de su obra, que por esas muecas parecen como si no hubiese detrás ciencia, capacidad y poderío.
Pero el show debe continuar. Que no pare la música.

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