Los que pronto olvidan

Cuando la, al parecer interminable, feria de San Isidro ya enfila su recta final, no pocas son las notas que van quedando guardadas; unas en la retina, otras en la memoria y otras, muchas, apuntadas en un papel para dejar luego constancia de lo sucedido en este trascendental y destacado serial madrileño que se convierte a lo largo y ancho de un mes en el eje del mundo taurino.

Grandes faenas, otras echadas a perder por el deficiente uso del estoque, actuaciones que saben a poco, toros que han dado un juego no aprovechado por sus matadores, otros que han desbordado a quien tuvo la mala suerte de enfrentarse a ellos; diestros que ganan enteros en la cotización taurina, toreros que ven mermado su crédito; ilusiones que aumentan, fastidios que arrugan el ceño; decisiones de la autoridad que no siempre son del gusto de todos; reacciones dispares de un público variopinto y que tendía a una exigencia que no se conoce en otras plazas y que viene muy bien a la salud del espectáculo… en fin, que de todo hay en la feria y cada cual habla de ella según le ha ido en la misma.
Pero, al margen de lo sucedido en el ruedo, entre toro y torero, ha llamado la atención el hecho de que uno de los novilleros que han despuntado en este ciclo isidril, hasta el punto de lograr abrir la Puerta Grande, a las pocas horas de haber conseguido uno de los sueños de todo aquel que se enfunda el chispeante, anunciase que rompía con su apoderado, con el hombre que había conseguido ponerle en el cartel de la feria y darle la oportunidad de demostrar lo que luego fue capaz de hacer.
El novillero madrileño Álvaro Serrano, nada más tocar la gloria con la punta de los dedos, y sin tener la certeza de que pueda finalmente atraparla y asirla fírmemente, se replanteaba su estrategia y le daba con la puerta en las narices -y el disgusto de su vida- a quien había logrado llevarle hasta allí.
No es esto nada nuevo ni debería llamar la atención más allá de comprobar que nuestro paso por este mundo está lleno de obstáculos y sinsabores y que la alegría es algo efímero y la felicidad una quimera. El mundo del toro está lleno de ejemplos parecidos y desde que se profesionalizó. Ahí está el ejemplo de Manuel Benítez, a quien puso en órbita El Pipo y en cuanto se vio con la fuerza necesaria -que acabó siendo toda- despidió a quien le lanzó y se convirtió él en su propio apoderado de hecho, aunque tuviese a gente de su entorno haciéndole las cosas.
También es llamativo, aunque no un caso aislado, el trato sufrido por un matador que tras una etapa dignísima vestido de luces -teñida no pocas veces de sangre- apoderó a dos chavales que acabaron siendo grandes figuras y que una vez ya pudieron volar solos no le dijeron ni adiós. Bueno sí, uno de ellos le espetó un “Usté ya no me sirve” que debió ser demoledor. –Es que ni me llaman por Navidad–, se quejaba, decepcionado, años más tarde.
No es raro quien lo apuesta todo por ayudar a un novillero que empieza y que en cuanto las cosas pintan bien y a su puerta llama un poderoso, si te he visto no me acuerdo. Un empresario palentino empleó su fortuna para que un jovencísimo aprendiz de torero, con madera, eso sí, pudiese torear, darse a conocer y despegar. Y lo logró. Claro que, cuando aquel proyecto comenzaba a funcionar, llegaron los cantos de sirena y la amistad con su benefactor se deshizo como humo y no quiso ya saber nada de quien se gastó una millonada en ayudarle, perdiendo el mecenas al amigo y el dinero.
Un caballo blanco es el sueño de todo aquel que empieza y no tiene claro su futuro. Y cuando aparece sólo le vale mientras acelera y hay combustible. Pero así es la vida; la ambición es más fuerte que la rectitud, el agradecimiento y la generosidad y, desgraciadamente, así hay que tomarla. Y por eso nos vemos como nos vemos y con los jueces sin dar abasto.

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