Treinta años después de su alternativa, la figura de José Pacheco “El Califa” sigue latiendo con la misma intensidad que en sus tardes más memorables. Torero de verdad, forjado en el compromiso y la autenticidad, su trayectoria es la historia de una emoción sin concesiones, desde la conquista de Madrid hasta los percances que marcaron su destino, un recorrido que explica por qué su nombre permanece imborrable en la memoria del toreo.

Corría el año 2000 y acabábamos de iniciar una nueva etapa en la extinta Canal Nou, la televisión pública valenciana que, por primera vez, programaba un espacio taurino semanal. Mi compañera en la redacción era Carmela, hija de Enrique Grau, apoderado de José Pacheco “El Califa”, que ese día toreaba en Las Ventas. Carmela estaba visiblemente nerviosa y muy pendiente del teléfono. No consiguió centrarse en toda la tarde hasta que, por fin, una llamada la hizo explotar de alegría y, de inmediato, tranquilizarse. José acababa de cortar dos orejas en Madrid de una imponente corrida de Dolores Aguirre. Todo había valido la pena. La exhaustiva preparación, la campaña en prensa con un lema que rezaba “El Califa también es valenciano” para lograr un puesto en la plaza de la capital del Turia, la interminable espera, la apuesta por los hierros duros… Con la puerta grande de Madrid el panorama cambiaba de forma radical.
En mi casa tenía una foto impresionante de El Califa dispuesto a iniciar una faena con su peculiar pase cambiado por la espalda. Era del año anterior en la feria de Julio de Valencia. Un majestuoso Cuadri colorado se arrancaba con ímpetu impulsándose sobre las patas traseras. Las dos manos delanteras quedaban suspendidas en el aire como si pretendiera saltar hacia el torero que, impávido, le esperaba de perfil, en rectitud entre los pitones, con la mirada desafiante, sin cambiarle el semblante, con la muleta detrás de su cuerpo. Porque José no la enseñaba por delante para hacer el péndulo; él aguantaba hasta el último segundo para sacarla por detrás. De infarto.
Aquella imagen salió publicada en prensa y me impactó. Era del gran Mortatalla Barba. Le localicé con la intención de comprársela pero, sorpresa, me la regaló. Y otra sorpresa: esa misma instantánea también la tenía El Califa en el salón a gran tamaño, como descubrí en una entrevista que le realicé en su hogar.
Y es que, por razones profesionales, pronto conocí al torero y a la persona para descubrir que se torea como se es. Y él es sincero y muy de verdad. Leal, puro, valiente. Es claro y también sensible. Se entrega a su gente y a lo que hace; no está a medias tintas. Y su concepto se basaba en el compromiso, en la colocación impecable, en jugarse la vida en cada pase, lo que le costó cogidas muy graves. Es uno de los pocos toreros que logró poner a Madrid de acuerdo. Su forma de citar de frente y cargar la suerte conectó con la exigencia de la cátedra madrileña, donde sigue siendo recordado por su autenticidad.
En Las Ventas volvió a abrir la puerta grande tres años más tarde, en 2003, de nuevo con los majestuosos Dolores Aguirre, con la particularidad de que esa tarde hizo el paseíllo sólo dos días después de fallecer su padre, el que le inculcó la dureza del torero, el compañero de capeas de El Cordobés, que fue quien le había dado la alternativa el 1 de mayo de 1996, hace ahora 30 años.
Aquella fue una época dorada para El Califa, anunciado en todas las ferias de todo el orbe taurino con todas las figuras. Yo no he visto a nadie bajar la mano tan a los sótanos como él lo hacía. Pero el torero del asentamiento total, del abandono absoluto y de la emoción desbordante, sufrió percances de toros mayúsculos que, además de cornadas, le provocaron lesiones vertebrales de extrema preocupación, tanto que, en 2010, los médicos desaconsejaron que siguiera en activo porque cualquier nueva voltereta podría dejarle postrado en una silla de ruedas.
Se fue el torero y se quedó la persona, tan auténtica como siempre. Ahora le dedica horas al ciclismo y es tan bueno pedaleando como lo era toreando. Sí, como ciclista es un fenómeno, pero como torero es inolvidable.









