Tom tom tómbola, de luz y de color, que cantara Marisol siguiendo la letra escrita por Antonio Guijarro y puesta en solfa por Augusto Algueró hace ya casi 70 años. Y, lo que son las cosas, a día de hoy el mensaje sigue teniendo vigencia y la capacidad de sorpresa y de asimilación de pasmos y sobresaltos permanece puede que no intacta sino cada día más afinada y a flor de piel.
En un mundo en el que parece que volvemos a la ley de la selva, siguiendo y obedeciendo como borregos al más fuerte o al que más miedo nos da, con presidentes de estado que se creen Dios o estar por encima de leyes o de la propia Justicia, haciendo de su capa sayos y hasta un fondo de armario que haría palidecer a la mismísima Imelda Marcos, cada día que amanece nos levantamos con un nuevo escándalo, unas declaraciones más propias de un orate que de alguien con responsabilidad sobre millones de personas o situaciones que perfectamente pudieran haber sido escritas por los guionistas de los hermanos Marx.
Y no pasa nada. Los protagonistas de estas trapisonadas, además, se enervan y amenazan como serpientes cuando se les señalan sus faltas y pensando que los ciudadanos que, de manera absolutamente irresponsable y absurda, les han aupado a la cima de su poder son, efectivamente idiotas. Sus intereses son sagrados y están por encima de cualquier otro y sin tener que estar sometidos a juicio alguno.
Esto, desde luego, no es nuevo, pero ya bien entrado el siglo XXI parece que la razón debería tener más presencia e influencia en quienes nos mangonean de esta manera y, sin que nos demos cuenta -o sí, pero nos da lo mismo-, vamos camino de un precipicio cada día más alarmantemente próximo y preocupantemente -aunque no nos lo parezca- peligroso y de muy difícil rescate para quienes no hayan perecido en el batacazo.
También en el mundillo taurino las sorpresas están a la orden del día y siguen dando motivos para la extrañeza, estupor, perplejidad o estupefacción un día sí y al otro también. Una veces para bien -ahí está Morante, el tío, cada día más crecido; la gran expectación que despiertan las ferias principales o el surgimiento de nuevos nombres que ilusionan: Navalón, Julio Norte…-, otras para mal -la blandenguería de los toros, sobre todos los que lidian las figuras; el poco interés de los responsables del negocio por renovar el escalafón o la torpeza de ciertos cargos públicos para gestionar su cuota de poder sobre el particular- …Y el riesgo. Las cornadas y percances, algo inherente a esta actividad. El propio Morante y Roca Rey, las dos principales figuras del momento, heridos y, por ahora, parados y atascando la maquinaria taurina.
Pero también hay asombros que desconciertan. Hace unos días se falló la concesión del Premio Nacional de Tauromaquia, eliminado del catálogo de distinciones del Ministro de Cultura por su tan inadecuado como impresentable titular, y recuperado por acuerdo del Senado, varias Comunidades Autonómicas y la ya al parecer imprescindible y ubicua FTL. Y el galardón fue para… Manuel Francisco Vázquez Ruano, Curro Vázquez en los carteles, buen torero, fino estilista, duramente castigado por los toros y de carrera irregular e intermitente. El acta del jurado señalaba en su primer párrafo que se le concedió “por su actuación en el festival celebrado en la plaza de toros de Las Ventas el pasado 12 de octubre”…
Ya extraña que un premio del calado de este que se quiere reflotar se conceda por lo hecho en un festival -por una labor con sólo pingüis, trincherazo por aquí, trincherilla por allí, un doblón acá, otro allá… y cuando, encima, quien de verdad estuvo sensacional aquella mañana fue el de Chiva…- pero también preocupa, o debería, que tan alta distinción pase por encima de lo más destacado de una temporada -Morante se salió-, la trayectoria de diestros legendarios que dijeron adiós el año pasado -Ponce y Hermoso de Mendoza, cuyo legado es inmenso- o instituciones que tanto y bien trabajan por la fiesta -la escuela de tauromaquia de Valencia, por ejemplo, la Comisión Taurina de Algemesí, otro, Villaseca de la Sagra…- y se fije en algo al fin y al cabo anecdótico. Es como si el Balón de Oro se lo dieran a un jugador por un golazo en un partido amistoso y se ignorase lo hecho por alguien que ha sido campeón de todo y pieza clave en su equipo. Pero ya se sabe que la vida es un tómbola, tom tom tómbola, y los misterios del taurinismo insondables. En fin, a quien Dios se la de, que San Pedro se la bendiga.







