Ha sido, sin lugar a dudas, uno de los acontecimientos de la feria de San Isidro. Una de esas tardes que quedan en la memoria y que se recuerdan toda la vida. Uno de esos momentos que no se olvidan y que hacen grande la tauromaquia y… al autor de la hazaña, que, aunque parezca mentira, más de treinta años después de haber iniciado su carrera, sigue creciendo y demostrando la misma ilusión y las mismas ganas que dejó ver una ya lejana tarde de agosto de 1986 en Baeza. Bueno, ilusión, ganas… y muchas más cosas que han hecho de Ponce un torero que marca una época.
Fue el pasado día 2 de junio cuando, quince años después, Enrique Ponce volvió a traspasar a hombros la Puerta Grande de Las Ventas. Y aunque es un logro al alcance de muy pocos, lo hecho por el torero valenciano fue mucho más allá.
Nada más romperse el paseíllo, en el tendido 7, cómo no, se desplegó una pancarta en la que se advertía que “el toro de Valencia no es el de Madrid”, en clara alusión a Enrique Ponce, que era sobre quien recaía el peso de la tarde. Como si sólo triunfase en Valencia, como si no supiesen que ha sido el torero que más veces se ha enfrentado en Madrid a toros de ganaderías duras, como si a lo largo de veintiocho años no hubiese lidiado astados de todo tipo y condición…
Y, para quitarles la razón definitivamente, por toriles fueron saliendo seis toros como seis camiones, serios, espectacularmente armados, cuajados, fuertes, que hicieron que los de la pancartita no volvieran a enseñarla en toda la tarde, no en vano el encierro dio un promedio de ¡más de 600 kilos!.
Fueron las suyas dos faenas distintas como distinto fue el material del que dispuso. Ya con su primer oponente dejó ver sus intenciones y toreó de capa con reposo, cadencia, gusto y gracia, sacando luego una faena suave y templadísima, encadenando los muletazos de manera natural y sin artificio alguno antes de cerrar su labor con unos doblones y cambios de manos que acabaron por poner de acuerdo a una plaza que se rindió a sus pies como antes hizo el toro a su muleta.
El burraco cuarto, cornalón, casi cornipaso, tremendo, pareció imposible de salida y así seguía cuando tocaron a matar. Pero allí estaba el de Chiva, que tiró de sabiduría, valor y técnica – combinación infalible- para terminar metiendo en el engaño a un astado del que nadie esperaba nada y al que nadie hubiese sido capaz de exprimir como hizo él, dejando patente una vez más su enorme capacidad y solvencia, logrando, como decía José Luis Ramón en su
crónica de 6 Toros 6, que “la fiesta se viviese en su máximo esplendor y Las Ventas hiciese suyo a Ponce”.
San Agustín decía que explicar cómo era Dios era como si un niño tratase de meter todo el mar en un hoyo de la playa. Explicar a Ponce es como tratar de comprimir en un solo muletazo la historia de la tauromaquia.
Aquella tarde, con una de las corridas más serias y más fuertes de San Isidro, con un cuarto toro al que nadie más que él podría haberle sacado un pase, demostró quien es: el más grande, el mejor, el más capaz… EP, el extraterrestre, un torero de otra dimensión y que explica por sí sólo qué es la inmensidad.









