Jueves, 28 de agosto de 2025. Plaza de toros de Casas Ibáñez. Dos tercios de entrada en tarde soleada. Toros de Victorino Martín, bien presentados y de juego variado e interesante. El tercero fue premiado con la vuelta al ruedo. Rubén Pinar (blanco y plata), oreja y dos orejas. Alejandro Peñaranda (grana y oro), oreja y dos orejas. Samuel Navalón (azul pavo y oro), dos orejas y rabo y oreja Entre las cuadrillas lució con los palos Iván García en el primero. Lidió con templanza Agustín de Espartinas al tercero. Presidió José Navalón, presidente de la asociación de amigos de la plaza de toros. Los tres espadas y el mayoral de Victorino Martín salieron por la puerta grande.
Enrique Amat, Casas Ibáñez
La plaza de toros manchega de Casas-Ibáñez celebró su corrida de feria..Un coso con capacidad para más de 6000 espectadores cuya inauguración tuvo lugar los días 28 y 29 de agosto de 1957 en sendos festejos en los que tomaron parte toreros como Carlos Saldaña, Abelardo Vergara, Emiliano Redondo y el rejoneador Bernardino Landete.
Tarde agradable, buen ambiente en los tendidos y ganas de pasarlo bien entre los asistentes y aficionados llegados desde muchas partes. Entre ellos, ese sacerdote, excelente aficionado, que es Carlos Arribas acompañado por un grupo de congéneres aficionados a la fiesta. Y el abogado Juan Ignacio Escobar, lugareño afincado en Valencia.
Los toros de Victorino Martín, bien presentados, dieron juego. Variado en su comportamiento y rico en matices el cárdeno, casi cornipaso, muy asaltillado, pero algo escurrido que abrió plaza. Salió huido de sus cuatro encuentros con las plazas montadas. Luego tuvo muchas teclas. Exigente, falto de entrega, siempre enterándose y pidiendo firmeza de manos y el carnet de profesional a su matador. Nada fácil.
Cárdeno claro, bizco de pitones y más apretado de carnes el segundo. Se dejó pegar en el caballo y se movió algo más, Pasó, pero siempre con la boca cerrada, quedándose corto y exigiendo. Una prueba para su joven matador. Ojo, que eso no es malo y sirve de baremo para calibrar las posibilidades del matador. Que aprobó.
Abierto de cuerna y algo playero el tercero, que aceptó con bravura al castigo en varas. Más pastueño, obediente y atemperado que sus hermanos, aunque le faltó humillar. Pero siempre siguió la muleta con clase y bravura. Le premiaron con la vuelta al ruedo.
Con mucho cuajo y lustre el cárdeno cuarto, más cómodo por delante. Bien sangrado en dos puyazos por el Puchano, aunque todavía aún tomó un tercero del que guardaba la puerta. Atemperado por el castigo y con nobleza y fijeza, este Bohonero metió además la cara por abajo con raza y celo.
Carldeno entrepelado el largo quinto, veleto de pitones y muy en el típo, al que no le castigaron lo suficiente en el caballo, y luego, encastado, exigente, con fijeza, pero con mucho que torear, acabó por desbordar y ponérselo difícil a su matador.
El sexto, Boliviano, largo, musculado y cárdeno, se dejó pegar en el caballo.y embistió con transmisión y casta. Algo desordenado, pero siempre pidiendo muleta.
Rubén Pinar tuvo que echar mano de toda su profesionalidad, recursos y experiencia ante su primero, con una labor esforzada, tesonera y de torero puesto ante un toro que no le regaló ni una sola embestida. Mató de una estocada trasera y un golpe de descabello.
Torería tuvo su apertura de faena por abajo al cuarto. Luego le muleteó con firmeza, asentamiento de plantas y recursos en un trabajo de fondo.
Alejandro Peñaranda lidió con el capote de salida a su primero. Luego anduvo con seguridad, firmeza y excelente disposición en la faena de muleta. Otro toro que no regalaba nada, pero ante el que estuvo firme, con seguridad y entrega. Mató de media lagartijera y dos descabellos.
Y tuvo la virtud de plantar cara a la exigencia del quinto, en una labor en la que, ante la falta de mando, echó mano de recursos, e intentó resolver la papeleta a base de decisión. Se justificó con creces con una más que plausible actitud. Y por momentos metió en el canasto a su antagonista. Lo mató de una estocada habilidosa de efectos fulminantes.
Samuel Navalón brindó la muerte de su primero a Rubén Pinar. Y entendió a la perfección a su antagonista, en un trabajo de excelente concepto, en el que supo aprovechar las cualidades del toro. Le pisó los terrenos que requería, le midió las distancias y lo templó. Mató de una gran estocada, de la que salió aparatosamente cogido y con el vestido hecho unos zorros.
Y tuvo la virtud de dejarle siempre la muleta puesta al sexto, ganándole la acción y llevándole embebido en los vuelos. Fue cogido al final del trasteo y mató de un pinchazo y una estocada corta y algo caída.
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