La historia más rocambolesca, en la que un torero defiende sus honorarios y a su patria chica ocurrió en Quito y tiene como protagonista a Antonio Palacios.
Tirando de pico. Cómo se cuenta la historia…
En 1960 Antonio Palacios fue contratado para torear tres corridas en Ecuador.
La primera sorpresa fue que no había organización alguna. Un banderillero de Madrid le ofreció una corrida en la capital, pero condicionada a que él era empresario pero también quería actuar en su cuadrilla.
Sufrió una cornada en la región escrotal y una vez recuperado se lo encontró
en una tasca con Cayetano Ordóñez. Le pidió el dinero de la corrida, y le dijo que se lo había gastado: “Si tienes algún problema, lo solucionamos en la calle”. Empezó a faltarle y borracho perdido le dijo “Los toreros de Aragón no tenéis coj… como los de Madrid”.
Una vez en la calle sacó un arma que llevaban escondida y Palacios tuvo que prescindir de la puntilla que llevaba.
A los dos minutos, estaban rodeados de policías. Pasó dos días en el calabozo con una banda de forajidos, y se hizo amigo de un chico, que le ofreció su ayuda para cuando saliera. El juez le dejó en libertad y regresó a España. Sin un duro. Corrió la voz de que había matado a un banderillero en Quito. Años mas tarde un viejo banderillero le dijo a su hijo que había matado a un torero en México y que le buscaban, y se que quedó tan ancho.









