El pasado día 1 de mayo, o con mayúscula, Mayo, si a esa fecha nos referimos como festividad, civil o religiosa, está ya marcado para siempre por la actuación de Morante de la Puebla en La Maestranza, poniendo de acuerdo a todo el mundo en su juicio sobre lo hecho por el torero sevillano: estamos ante un genio.
Paco Delgado
Y es que, además de ser alguien fabuloso (con figura humana, especifica el diccionario de la R.A.E. en su novena acepción sobre la palabra), José Antonio Morante Camacho está dotado de una capacidad sensorial extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables, atendiendo a la cuarta entrada del término en la misma fuente.
Si el escritor, poeta y filósofo estadounidense Henry David Thoreau hubiese vivido siglo y medio más tarde y hubiese presenciado la obra de Morante aquel día habría hecho coincidir lo que escribió en su obra quizá más grande, Una semana en los ríos Concord y Merrimack, con la descripción de lo protagonizado por el de La Puebla: “El hombre de genio puede, al mismo tiempo, ser, de hecho es comúnmente, artista, pero los dos no deben ser confundidos. El hombre del genio, referido a la humanidad, es un originador, un hombre inspirado o demoníaco, que produce una obra perfecta en obediencia a las leyes aún inexploradas. El artista es aquel que detecta y aplica la ley de la observación de las obras del genio, ya sea del hombre o de la naturaleza. El artesano es aquel que simplemente aplica las reglas que otros han detectado. No ha habido hombre de genio puro; como no ha habido nadie completamente destituido de genio”. Algo farragoso pero exacto.
No hay que confundir ni poner en el mismo nivel a un genio y a un artista. Este no es sino un creador que amplía nuestra apreciación de la belleza. Aquel auna talento, disciplina, entrega, brillantez y, sobre todo, chispa, dotando a lo que hace de un aura de la que no dispone el común de los mortales.
Morante, que es un genio, estuvo en genio y lo demostró aquel día. Desde que se abrió de capa, maravillando con su recibo a una mano -algo que ya hacía, según me contaba Vicente Sobrino, otro genio al que se hará en verdad justicia cuando falte: Manuel Benítez “El Cordobés”- hasta que abandonó la plaza envuelto en la admiración de propios y extraños y dejando la certeza de haber asistido a un prodigio.
Corrieron luego ríos de tinta y millones de bytes tratando de contar y explicar lo que hizo. Se le trata como hilo conductor de la tauromaquia de Gallito a nuestros días, pero también habría que añadir a la coctelera el aroma de Rafael El Gallo, o el picante de Belmonte. Y, para dotar de consistencia al resultado, sumar la torería de Bienvenida, Antonio, y la capacidad de, por ejemplo, Espartaco.
Creatividad, originalidad, improvisación, inspiración y fantasía, pero también ciencia, entrega y valor son algunas de las claves para entender su obra y comprender su trascendencia, lo que le convierte en un diestro tan especial como único y que marca la diferencia en el toreo desde que, tras la pandemia, decidió abandonar su papel de mero estilista que tan cómodo ejerció a partir de la retirada de Curro Romero para tirar del carro y erigirse en la gran referencia actual de una tauromaquia que anda muy necesitada de atracciones irresistibles.
Aquel día estuvieron con él dos de los toreros que ahora mismo más son alabados como representantes de la esencia, pero que tan sólo dejaron constancia de técnica y gusto. Que no es poco, pero ninguno de los dos logró, como él, que la locura se adueñase de la plaza.