El próximo 25 de julio se conmemora el 30 aniversario de la alternativa de Vicente Barrera, un torero que apareció de la nada taurina, cuando nadie lo esperaba ni conocía a pesar de ser nieto de la figura de los años 30 del mismo nombre. Vicente llegó tarde al toreo pero la dicha fue buena. Gracias a su marcada personalidad y a su emocionante tauromaquia triunfó en todo el orbe taurino y acabó siendo un matador imprescindible en todas las ferias y en los mejores carteles.

La irrupción de Vicente Barrera Simó en el panorama taurino supuso toda una sorpresa. Nadie lo esperaba, quizá porque prácticamente nadie le conocía. Su nombre y apellido delataban su abolengo, pero todo el mundo era escéptico y se preguntaba si la coincidencia era fruto de una casualidad o realmente se trataba del nieto de aquel Vicente Barrera Cambra que fue figura del toreo en los años 30. “Lo es”, se apresuraron en afirmar los pocos que sabían su historia. Y la noticia corrió como la pólvora entre la sociedad valenciana.
Que este nuevo Barrera llevase sangre torera le dio un primer voto de confianza entre los aficionados que habían comenzado a oír hablar de él pero todavía no le habían visto. Sin embargo, cuando su físico se hizo popular, el crédito bajó enteros. “Es muy mayor para empezar a prepararse para ser torero”, opinaron algunos. Vicente no llegó a conocer a su abuelo torero, y fue por primera vez a una plaza de toros con su abuelo materno a presenciar una corrida de rejones recién cumplidos los 18 años. El espectáculo le fascinó y desde entonces se empeñó en querer torear alguna becerra, lo que sucedió con 21 años. “Es imposible que llegue a ser matador”, sentenciaron muchos.
La desconfianza creció al trascender que Barrera estaba finalizando la carrera de Derecho en la Universidad de Valencia y que procedía del seno de una familia acomodada. “Abogado y sin necesidad de jugarse la vida para abrirse paso… Imposible”, se ratificaban los más suspicaces.
Se presentó de luces en una novillada sin picadores con 24 años, cuando la mayoría de toreros ya se han doctorado y muchos son fijos en los carteles. En aquella función Vicente se clavó una banderilla en el pie, a pesar de lo cual salió a matar al segundo novillo. “Es imposible”, insistían los más desconfiados.
Pero él continuó su camino y sólo un mes después debutó con caballos cortando dos orejas. Su despegue se produjo en 1993 con dos salidas a hombros en “su” Valencia. La Puerta del Príncipe de Sevilla de 1994 amplió su crédito, aunque faltaba por convencer a los más incrédulos que insistían en que “con esa edad y su corto bagaje es imposible”.
El 25 de julio de 1994, cuatro días antes de cumplir los 26 años, Curro Romero le dio la alternativa después de un paso por el escalafón novilleril tan fulgurante como ilusionante. “Pero ser matador es otra cosa. Cuando lleguen los percances serios veremos”, repetían los pocos que quedaban por bautizarse al barrerismo. Sin embargo, a partir de su doctorado la carrera de Vicente se lanzó de forma imparable. Llegaron las cornadas, una prueba de fuego que superó como el más bizarro de los toreros. Y su personalidad se impuso para deleite y admiración de los públicos de todo el mundo. Su hieratismo, verticalidad, disposición, entrega, compromiso, verdad, sentido del temple y, sobre todo, la emoción que provocaba cada actuación suya, le granjearon éxitos en España, Francia y también América, especialmente en Colombia, donde fue uno de sus toreros “consentidos”.
Vicente Barrera Simó se convirtió en un torero imprescindible en todas las ferias, una figura fundamental en los mejores carteles. Muchas de sus faenas todavía perduran en la mente de quienes le vieron actuar y se estremecieron con su toreo. Aquel sueño de matador comenzó hace ahora 30 años, cuando un “veterano” licenciado en Derecho se empeñó en demostrar que “lo imposible” no iba con él, afortunadamente.









