Morante hace historia

Corta un rabo tras formar un lío a un toro de vuelta al ruedo.

Sevilla, 26 de abril.

Décimo festejo de abono.

Más de tres cuartos de entrada.

Toros de Domingo Hernández, desiguales en hechuras y comportamiento El cuarto, de gran juego, fue premiado con la vuelta al ruedo.

Morante de la Puebla, ovación y dos orejas y rabo.

Diego Urdiales, silencio y ovación.

Juan Ortega, ovación y silencio.

 


Pepe Ruciero

Foto: Toromedia

 

El sol se erigía en protagonista de una feria calurosa; apretaba con la misma intensidad que Morante citaba a su primero, lances de capote que con una verónica de libro y una media que paró el reloj. Sin fuerzas y aplomado el de Domingo Hernández, Morante dejó momentos de su inigualable personalidad pero a pesar de su insistencia no pudo sacar rédito. Con su segundo la inspiración llegó en el recibo capotero, con un repertorio excepcional de lecciones de como torear de capa. Historia latente de un recital de toreo que replicó Urdiales y respondido  con gaoneras por Morante. Con ayudados por alto inició su labor, faena de intensidad sobre la zurda que continuó sobre la diestra. Cambios de manos y de nuevo los naturales de magistral realización pusieron la plaza boca abajo. Morante paseó las dos orejas y el rabo y, tras cincuenta y dos años -nadie desde entonces había cortado un rabo a pie en la Maestranza- repitió esta épica hazaña. Vuelta inmerecida para el toro de nombre Ligerito.
Suelto de salida, sin conexión con el embroque que le ofrecía Urdiales fue su primero. La mansedumbre daba nombre a este toro. El de Arnedo intentó hacerse con el manso sobre la diestra, sometiéndole con muletazos adelantados pero la condición de rajado hizo su presencia evidente. Con su segundo se metió en el ambiente de un público que aún tenía en la retina la faena de Morante. Tiró de buen toreo gustándose sobre la izquierda, muy torero, calculando los tiempos y aprovechado la embestida de genio sobre la diestra. Faena a menos que finiquito de una buena estocada .
Salió Juan Ortega haciendo el toreo de capote con la lentitud de lo elegidos: un quite por delantales y una media pusieron el delirio en el ruedo maestrante. Pero la réplica de Morante en un prodigioso quite hicieron que Ortega de nuevo meciera el capote rematado con una chicuelina muy torera. Tras brindar al faraón de Camas dejó retazos de un toreo exquisito, con la muleta por delante, ligando sobre ambas manos con la naturalidad de un artista. Pudo cortar un apéndice si no es por el mal uso de la espada. El recital de capote continuó en su segundo; con prestancia y torería puso al caballo con chicuelinas al paso. Con trasteo por bajo ejecutó la apertura a su faena con brevedad ante el apagón de su toro. La tarde era de Morante y su apoteósica faena.