Pablo Aguado cortó la única oreja de una corrida pesadísma y deslucida.
Valencia, 17 de octubre
Cuarta de feria.
Tres cuartos de entrada.
Toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados pero sin fuerza, fuelle ni empuje. El sexto fue el de mejor son.
Morante de la Puebla (de celeste y oro), silencio y ovación tras dos avisos.
Juan Ortega (de botella y oro), silencio y silencio.
Pablo Aguado (de gana y oro), silencio y oreja.
De las cuadrillas destacaron Juan José Trujillo e Iván García .
Paco Delgado
Foto: Mateo
El anuncio de mal tiempo no falló y la lluvia se hizo presente durante todo el día en Valencia, aunque a la hora de la corrida su fuerza declinó bastante. Tanto como para que después de mucho conciliábulo y negociación -que sí, que no, que caiga un chaparrón- y con casi media hora de retraso, las cuadrillas hicieron el paseíllo. Eso sí, con menos gente de la que se esperaba y con muchos aficionados que compraron su boleto sin acudir luego al coso de Monleón.
La corrida de Juan Pedro Domecq, puede que contagiada del ambiente tan frío y desapacible, no colaboró para calentar el cotarro; al contrario, contribuyó sobremanera a que el cuarto festejo de a feria fallea fuese plúmbeo y mortece
Y apenas salió al ruedo el primer toro, arreció el agua. Un toro muy justo de fuerza al que, sin embargo, le dieron duro en el caballo. Y con un animal moribundo, Morante de la Puebla tiró lineas, con algún muletazo más largo y templado, en una faena de aliño, para muchos mas imaginada que vista, en la que no dio coba a su oponente. Ni a él mismo.
Se hizo ovacionar al veroniquear al cuarto, mansón y renuente. Tenía ganas Morante. Y tenía ganas de Morante la gente, que aplaudió entusiasta una faena larga y sin estructura definida, de corte derechista, de no poco pundonor, gusto por momentos, lentitud en el correr la muleta pero también enganchones y alivio. Al natural no lo vio claro y sus intentonas no pasaron de voluntariosas. Con el estoque tampoco tuvo el día.
También hubo cierta sugestión al jalear los lances de recibo de Juan Ortega al segundo, al que pese a que se le midió mucho el castigo en varas apenas pudo con el rabo, no dejando a su matador otra opción que apuntar algún que otro detalle aislado.
No tuvo más energía ni poder el quinto, que llegó al piquero perdiendo las manos y sin dejar brillar a Ortega con la capa. Ni con la muleta, estrellándose con la poca raza del juanpedro, siempre a la defensiva y sin oportunidad alguna de lucimiento.
Dobló al salir del peto el tercero, al que Iván García pareó con pulcritud y acierto. Rajado desde el inicio del último tercio, embistiendo con desgana y apatía, Pablo Aguado intentó sacarle lo que pudo en terrenos de toriles pero con más voluntad que fortuna.
El cinqueño que cerró plaza tuvo más aire y mejor son. Y lo vio pronto Aguado, que se estiró a la verónica y toreó luego con temple y profundidad, asentadas las plantas al barro y moviendo la tela muy despacio y siempre con mando en un quehacer medido y sin excesos.









