El próximo domingo el canal 13 TV emitirá dos películas de toros en la sobremesa. Una de ellas es la titulada “El Relicario”. Una más en la amplia nómina de películas taurinas que realizó el director madrileño Rafael Gil.

Enrique Amat
Tras dos versiones, una de ellas dirigida en 1927 por Miguel Contreras y una segunda por Ricardo de Baños en 1933, esta tercera adaptación se estrenó en el año 1970.
A lo largo de sus ochenta y ocho minutos de duración, vemos cómo Manuel Lucena, un famoso torero, muere de resultas de una cornada en la plaza de toros de Madrid, llevando entre sus medallas un relicario con la fotografía de su amante. Años más tarde, el nieto de Lucena continúa con la tradición familiar y acaba por convertirse en una gran figura del toreo. Y, al igual que su abuelo, porta siempre consigo el relicario que heredó de él.
Un relicario que para él comienza a estar maldito cuando conoce a una joven azafata de vuelo, cuyo semblante es exactamente igual al que figura en la fotografía que se encuentra en el relicario, por lo que empieza a temer correr la misma suerte que su abuelo.
El torero Miguel Mateo Miguelín es el protagonista del papel más destacado del film, que contiene unas sugestivas imágenes de este espada toreando en la playa de La Línea de la Concepción, con el Peñón de Gibraltar al fondo. Junto a él, compartieron cartel un elenco de actores en el que sobresalían Arturo Fernández, Manuel Blanco y, sobre todo, Carmen Sevilla.
La letra del mismo corrió a cargo de Armando Oliveros y José María Castellví, redactores por aquel entonces del diario El Liberal. Se trata de una obra que, sorprendentemente, tiene una música alegre y una letra triste, y en la que se alude tanto a la celebración de una corrida de toros, como a la mortal herida sufrida por un torero.
Sus primeras estrofas dicen:
En el día de San Eugenio, yendo hacia El Prado le conocí.
Era el torero de más tronío y el más castizo de “to” Madrid.
Iba en calesa, pidiendo guerra, y yo al mirarle me estremecí.
El al notarlo, salió del coche y muy garboso, vino hacia mí.
Tiró la capa con gesto altivo, y descubriéndose me dijo así.
Pisa morena pisa con garbo que un relicario que un relicario me voy hacer.









