El 4 de abril de de 1902 nació en Valencia uno de los más grandes promesas que ha dado el toreo.
Después de la muerte de Joselito, la figura de Manolo Granero se convirtió en la referencia obligada de todos los aficionados, que vieron en el valenciano al sucesor lógico del torero trágicamente desaparecido en Talavera. Sin embargo, su reinado también sería efímero.
Valencia, que desde los primeros tiempos de la tauromaquia había querido y buscado tener una gran figura del toreo, encontró, por fin, en él a un ídolo de los ruedos. Tras el trágico final de Punteret y Fabrilo y sin que José Pascual Olmos o Isidoro Martín Flores llegasen a cristalizar, como la afición local soñaba, en grandes estrellas, la aparición de Granero supuso todo un acontecimiento.
Tras dos temporadas como novillero en las que dejó ver su enorme potencial, la campaña de 1922 se presentaba para Granero con los mejores auspicios y todas las ferias y plazas importantes se lo disputaban para sus carteles.
Tras participar en varios festivales, el 5 de marzo se vistió de luces por primera vez en aquel año. Fue en Valencia a cuya plaza volvió el día 19 del mismo mes después de haber toreado en Barcelona.
El día 26 lo hizo en Castellón, y en abril tomó parte en otros seis festejos y sumó dos más en mayo.
El día siete de aquel mes se anunció en Madrid, en la cuarta corrida del abono y en lo que sería su decimotercera corrida del año.
Un número nefasto y cuya negativa influencia se dejaría sentir y de qué manera. Aquella sería su última tarde.









