Se ha dicho muchas veces. Se ha contado en infinidad de crónicas, artículos, reportajes y etcéteras. Se han escritos miles de páginas sobre ello, pero no deja de sorprender, ni de admirar, la capacidad de los toreros para sobreponerse a la adversidad, para imponerse al dolor.
Paco Delgado
Buena prueba de ello tuvimos en fallas, feria en la que se nos brindaron varios ejemplos de lo que digo. Enrique Ponce, verbigracia.
Hacía dos días que había celebrado, con una gran actuación, su vigesimonoveno aniversario de alternativa. Era su corrida 105 en Valencia; la 60 en Fallas, feria en la que iba a obtener su oreja número 65. Tenía ya a medio abrir su 40 puerta grande y… un toro se cruzó en su camino y no sólo le rompió la pierna, le dio una cornada en el glúteo y le fracturó una costilla: le partió la temporada.
La faena estaba hecha. Vestido de blanco y azabache, combinación que usaba por primera vez en su carrera para homenajear al Valencia C.F. que ese día cumplía su primer siglo de existencia, se disponía a rematar un pase de pecho cuando un toro de Olga Jiménez le sorprendió y le enganchó por detrás, levantándole los pies del suelo y estampándole luego contra el albero. Tras ser auxiliado por su cuadrilla, enseguida se vio que la pierna izquierda no le sujetaba y que tenía algo muy serio, como así se demostró más tarde. Cuando le llevaban por el callejón a la enfermería se dibujaba un rictus de dolor en su rostro, que reflejaba serenidad y, sobre todo, el disgusto de no haber podido rematar su obra y lograr un nuevo éxito. No había esa nota forzada que se aprecia en nuestros amigos los futbolistas -y más exagerados cuanto más famosos y mejor pagados son- apenas les rozan un pelo. ¿Se imagina a una de las megaestrellas del balón sufriendo una lesión semejante? Aún estaríamos oyendo sus aullidos y viendo cada dos por tres en telediarios, periódicos y revistas sus llantos desconsolados y carita de estar a las puertas del Averno…
Y qué decir de lo hecho por Octavio Chacón, que con una cornada allí donde más duele aguantó a pie firma hasta acabar con el toro y llegar por su pie a manos del doctor Zaragoza. Como hizo Diego San Román, chorreando sangre por la pierna…
O de lo que protagonizó el joven Borja Collado, un chaval de apenas diecisiete años que con una cornada interna en la ingle -y que le llegaba hasta las tripas- no consintió dejar lo que estaba haciendo hasta que lo hubo acabado, yendo también andando a la enfermería. Vamos, algo propio de un héroe. O el gesto de Ureña, que tras haber perdido un ojo unos meses antes volvía a ponerse delante de un toro como si tal cosa…
Desde luego, ser torero es algo mucho más que una profesión de riesgo. De muchísimo riesgo, y ahí está la historia para demostrarlo y recordarlo. Por muy bonito que sea, ponerse ante un toro -qué digo toro, un becerro- es algo sólo permitido a gente que está hecha de otra pasta, de una madera muy, muy pero que muy especial y que deberían servir de ejemplo de vida. Ya dijo Cela que prefería mil veces haber sido torero que ganar un Nobel.
Como para que los padres de cientos de miles de niños se vuelvan locos intentando que sus críos se conviertan en remedo de Messi o Cristiano… O, peor, para que luego salga una anormal y pida en las tan peligrosas redes sociales que se indulte al toro que hirió a Ponce.
A mí, incapaz de ponerme ante un perro, lo que hacen los toreros me parece algo que no es de este mundo y que merece no sólo el máximo respeto -como cualquier profesión u oficio decente- sino una admiración sin límites.









