Pablo Aguado corta la única oreja en Valencia ante una noble y sosa corrida de Alcurrucén.
Valencia, 13 de marzo. Cuarta de feria. Un tercio de entrada.
Toros de Alcurrucén, bien presentados y nobles pero sosos y de poco juego.
Álvaro Lorenzo (de grana y oro), ovación y ovación con aviso.
Luis david (de blanco y plata), vuelta y ovación tras aviso.
Pablo Aguado (de vainilla y oro), oreja y silencio.
De las cuadrillas destacaron Puchi y Miguel Martín.
Paco Delgado
Se esperaba más de los toros de Alcurrucén que servían de base al cuarto festejo del abono fallero. Sobre todo después del sensacional encierro que lidiaron el pasado año por estas fechas en esta plaza. Pero poco tuvo en común lo que salió en las fallas de 2018 con lo que ayer saltó al ruedo. Toros bien presentados en conjunto, con un toro más feo, el quinto, y otro una mole de 620 kilos, pero que mansearon descaradamente en el primer tercio y en la muleta, aunque nobles, fueron sosos y se prestaron más bien poco al lucimiento de sus matadores, para los que el público pidió trofeos casi de forma sistemática sin que esas peticiones fuesen atendidas casi nunca por el palco. Peticiones que se hicieron casi siempre a voces, sin echar mano del preceptivo pañuelo blanco. Está ya la gente tan acostumbrada a tenerlo todo al instante y en casa con apenas apretar un botón que creen que con vocear ese ¡¡yehh!! de forma repetitiva la presidencia les hará caso.
Lo bien cierto es que ayer tan sólo se concedió finalmente una oreja. Fue para Pablo Aguado tras acabar con el primer toro de su lote. Fue este un animal que se hizo presente en el ruedo como derrengado y arrastrando os cuartos traseros. pese a las protestas del respetable el animal se mantuvo en la arena y, a trancas y barrancas, se fue asentado hasta permitir que el torro sevillano, que se presentaba en esta plaza, torease con gusto y cabeza, muy reunido y llevándole siempre muy toreado, sin forzarle ni agobiarle demasiado, haciéndolo todo con sentido y sin alargarse en tandas superfluas, rematando su trasteo con una gran estocada en todo lo alto que le valió ese único trofeo de la tarde. Con el que cerró plaza, aquel toraco imponente que abultaba más que el caballo del picador, manso en varas y esperando en banderillas, volvió a estar capaz y lució de nuevo su valor y solidez, unciendo a su oponente, que fue a más, a la muleta y aprovechando su buen son mientras el animal tuvo fuelle, aunque si hubiese matado a la primera ahora estaríamos escribiendo de su puerta grande.
El primer toro de Luis David fue rebotando de peto en peto y pareció irse arriba en banderillas, permitiendo una primera mitad de faena voluntariosa y bullidora hasta que se rajó. Citó el mejicano a recibir y cobró una gran estocada por la que se le pidió la oreja aunque el defecto de forma de la petición hizo que no prosperase. El desgarbado quinto fue deslucido y sin gracia, optando el menor de los Adame por dar fiesta a la gente aunque sin calar en el tendido.
Álvaro Lorenzo sobó mucho a su primero hasta sacar varias tandas por ambos lados pero sin emoción, primando la soserías del morlaco, que no permitió que el trabajo de su matador luciese. De muy parecida condicionada fue el cuarto, que no mostró gran interés por la muleta del toledano, que dejó un quehacer larguísimo y bienintencionado pero que no se tradujo en nada positivo.









