La ciudad todavía duermevela estos dìas. No se ha despertado aún el gigante de las Fallas y las noches son plácidas.
Ayer, tras el programa de radio, me di un paseo por toda la Avenida del Oeste, Xátiva, Convento Jerusalén y Gran Vía. Un placer. Un gusto…que el gusto es mío. Calles tranquilas. Temperatura ideal. Una sensaciòn de paz que, por momentos, me parecía irreal dada la cercanía del “monstruo” fallero que se avecina. En el paseo me encontré de bruces con la plantà de Convento Jerusalén.
Allí, en la esquina de la farmacia, me mantuve quieto y absorto durante unos minutos viendo a los operarios, con sus grúas, que trataban de levantar la imponente obra. Ni un grito; ni un mal gesto. Todo era cuestiòn de tranquilidad, de trabajar como si la cosa fuera sencilla. Entre los pocos espectadores de tan curiosa escena, había una pareja (hombre y mujer o mujer y hombre, para que nadie se sienta menoscabado), que también contemplaban la cosa. Pero ninguno de los dos parecía metido en la cuestiòn. Estaban más por las carantoñas que por fijar su atenciòn en aquella maravillosa maniobra fallera. Hasta que ella, en tono “ordeno y mando” soltò un “vamos a por chocolate y churros”, y se acabó su presencia. Lo vi alejarse, abrochados de arriba a abajo, en busca de los churros y el chocolate. No sé, en verdad os digo, si el chocolate y los churros hacìan referencia a otras cuestiones. No sé…ni me importa.
La salida a Xátiva y el paseo por Gran Vìa fue de lo más relajante. Hasta que cogí un taxi, casi en Cánovas, con dirección a casa. Era mujer taxista. Y me preguntó, “¿donde le llevo?”. Me saliò del alma, le dije: “llèveme a la luna”. Me siguiò la broma y me contestó, “¿lleva usted pasaporte”?. Pero me lo habìa dejado en casa…
Salut!!!









