Enrique Ponce, que ocupó la vacante dejada por el lesionado Cayetano, y López Simón abrieron de nuevo la puerta grande tras cortar dos orejas cada uno a una noble y floja corrida de Juan Pedro Domecq de la que sus matadores estuvieron muy por encima. Perera perdió su premio al matar mal.
Valencia, 18 de marzo. Octava de feria. Casi lleno.
Cinco toros de Juan Pedro Domecq y uno, sexto, corrido como sobrero, de Parladé, correctos de presentación, nobles y justos de fuerza.
Enrique Ponce (de blanco y oro), silencio tras aviso y dos orejas tras otro aviso.
Miguel Ángel Perera (de hoja y oro), ovación tras aviso en su lote.
López Simón (de rosa y oro), oreja con aviso y oreja.
De las cuadrillas destacaron Javier Ambel y Yelco Álvarez.
Valencia. Paco Delgado. Foto: Mateo.
Finalmente fue Enrique Ponce el único diestro que repitió actuación en la feria, entrando en la corrida del día 18 en lugar del lesionado Cayetano y convirtiéndose en el triunfador de la misma tras dar una nueva lección de capacidad y pundonor, pese a la poca fuerza de los toros de Juan Pedro Domecq, nobles y manejables por otra parte pero a los que también les faltó un puñadito de picante para que su lidia hubiese tenido más trasmisión.
Dejó una primera faena científica y concienzuda, tirando de paciencia y dando tiempo y confianza a un toro que salió muy parado del caballo y que se lo pensó mucho antes de entrar a la muleta, sin que su matador pudiese hacer otra cosa que mostrar su disposición y sapiencia.
No se resignó a irse de vacío y brindó al público la muerte del cuarto, blando y claudicante pero bienintencionado y noble. Fue sobándole poco a poco, llevándole con suavidad, sin violencia ni tirones, ayudándole en todo momento y dándole reposo y aire en un trasteo de largometraje y templadisimo, enroscándose al juanpedro en naturales interminables en una labor de una solvencia técnica insuperable. Pero no estaba satisfecho, algo le decía que podìa dar todavía más y, cuando ya parecía la faena hecha -y habiendo recibido un aviso-, hincó las rodillas al suelo y sacó otra tanda inmaculada, poniendo el punto final con una estocada formidable que le valió las dos orejas que paseó entre gritos de ¡torero! ¡torero!. Treinta y seis salidas a hombros suma este hombre en Valencia, que se dice pronto.
Fue devuelto el protestado y flojo segundo y reemplazado por un sobrero que tampoco anduvo sobrado de energía, pero que, al menos y con sosería, embistió con nobleza y buenas intenciones, dejando que Miguel Angel Perera sacase una labor académica, fácil, limpia pero, lamentablemente, carente de emoción. Y ya se sabe, que sin emoción no hay nada.
Salió muy arreado tras el triunfo de Ponce y fue, de rodillas, ganando terreno al quinto en sus lances de recibo. Clavó luego los pies al suelo al iniciar su labor muleteril con un oponente rebrincado y con genio, al que toreó con mucho temple al natural antes de lucir en redondo en el tramo final de un trasteo que acabó malversando con el estoque.
También fue devuelto el tercero, corriéndose ahora turno y saliendo otro toro asimismo protestado por cojo, pero que tuvo fuelle y empuje, desplazándose con ganas y clase, lo que permitió a López Simón dejar una faena de plantas quietas y ligando los muletazos en tandas largas, firmando naturales de excelente trazo y matando de una eficaz estocada al encuentro que le valió la primera oreja de la tarde y encarrilar su triunfo.
Y no menos decidido salió a redondear su paso por las fallas con el sobrero de Parladé que cerró plaza, toreando con ligazón y mano baja al natural aunque no perseveró por ese pitón izquierdo, el mejor del animal, y su quehacer se fue yendo abajo conforme se apagaba el motor de su adversario, llevándose otra oreja que abría la puerta grande al matar con rapidez y contundencia.







