La muerte de Antonio Vázquez, entre otros, en el accidente ferroviario de Urda invita a reflexionar sobre el destino, las decisiones que pueden cambiar una vida y los trenes que todos debemos coger. También sobre la obligación de exigir responsabilidades cuando la incompetencia ajena convierte un viaje en una tragedia irreparable.

Antonio Vázquez, hermano del diestro Curro Vázquez y apoderado del torero Pablo Aguado, ha muerto en el trágico accidente ferroviario ocurrido en Urda el pasado 28 de octubre. Antonio es uno de los 69 fallecidos que, hasta el momento, se ha cobrado el siniestro. Detrás de cada uno hay una historia truncada, una familia rota que, como todas las familias del resto de víctimas, se lamenta de que hubiera cogido ese tren y no el anterior o el posterior.
No hay consuelo para quienes han perdido a un ser querido. Tampoco hay marcha atrás. La vida no admite rectificaciones ni permite regresar al instante en que todo pudo ser diferente. Una decisión, un segundo basta para separar la normalidad de la tragedia, el futuro imaginado de un vacío imposible de llenar. Hay que convivir con lo irreparable, aceptar lo que no podemos cambiar y encontrar fuerzas para seguir adelante.
En la vida hay trenes que pasan una sola vez. Los toreros lo saben bien. Muchos tienen señalado en el calendario una fecha, una plaza, una tarde en la que se juegan mucho más que un triunfo. Es el día de dar el aldabonazo, de abrir una puerta hasta entonces cerrada, de cambiar el rumbo de una carrera. Hay oportunidades que no regresan y trenes que no esperan. Por eso hay que cogerlos, aun a riesgo de equivocarse, porque quedarse en el andén también puede significar perder el futuro.
Pero el destino tiene sus propias reglas, a veces incomprensibles y despiadadas. Antonio Vázquez cogió el tren que había elegido, como tantos otros pasajeros que aquel día emprendieron un viaje sin imaginar que no llegarían a su destino. No existe explicación capaz de aliviar el dolor de sus familias. Sólo la certeza de que nadie puede vivir permanentemente preguntándose qué habría sucedido si se hubiera tomado otra elección.
Pero aceptar lo inevitable no significa resignarse ante lo que se puede evitar. Por eso ahora toca aprender de los errores para garantizar la seguridad de los viajes y que no vuelvan a producirse fatalidades. Toca esclarecer los hechos, conocer la verdad y explicar con transparencia qué ocurrió y por qué. Toca huir de las falsedades, investigar hasta el final y depurar responsabilidades. Toca que los ineptos dimitan y paguen por su incapacidad y su negligencia. Porque la responsabilidad pública exige algo más que lamentaciones y palabras de pesar; exige rendir cuentas y justicia.
Ni Antonio ni ninguna de las demás víctimas podrán coger otro tren. La vida seguirá pasando sus estaciones y todos tendremos, tarde o temprano, un tren al que subir. Algunos nos conducirán hacia una oportunidad; otros marcarán nuestro destino. Hay que subir, porque vivir también consiste en asumir riesgos y aceptar que no siempre podemos controlar el resultado.
Lo que nunca deberíamos aceptar es que alguien pierda la vida porque quienes debían velar por la seguridad y evitar tragedias no estuvieron a la altura. En el toreo, un tren perdido puede significar una carrera que no despega; en la vida, una oportunidad que no vuelve. Pero ningún pasajero debería morir porque la incompetencia de otros haya convertido su tren en el equivocado.









