La pasión y la emoción deben ser inexcusables en un festejo taurino, en cuya razón de ser está la lucha y el riesgo. Y aquellos dos factores provocan no sólo la asistencia a dichas funciones sino también la controversia y la división de opiniones, elementos así mismo imprescindibles para que haya interés en ellas.
Una diferencia de pareceres que se volvió a manifestar hace unos días en varios de los últimos festejos celebrados en la Monumental madrileña, cuando un muy significado, y significativo, grupo de espectadores increpó a Marco Pérez y protestó airada y ruidosamente la presentación y juego de varios toros lidiados en la pasada Feria de Otoño.
Pero ese núcleo de aficionados, aunque muchas veces se haya cuestionado esa condición dado su nivel de intransigencia y rigor extremo con lo que sucede en el ruedo, apreció que ni lo hecho por el diestro salmantino ni la presencia de buena parte del ganado estuviese en la línea de lo que ellos piden y, en consecuencia, bronca. Ese reducto indómito es el ya famoso grupo de espectadores que se dan cita en el ya no menos famoso tendido 7 de la plaza de toros de Las Ventas, cuyo origen se sitúa a mediados del pasado siglo y con Juanito Parra, ya fallecido y en cuyo recuerdo hay colocada una placa en la misma plaza, como ideólogo.
Otro de los más destacados impulsores de esta corriente crítica de espectadores venteños fue Luis Pelayo Bruna, “El Ronquillo”, también recordado con otra placa en el acceso a ese dichoso tendido, abonado de primera fila de aquella zona de la plaza de toros madrileña, y célebre porque en el momento más oportuno, cuando toda la plaza podía oírle, criticaba al torero de turno con un bocinazo o uno de sus gritos.
Ahora ha sido Faustino Herranz, conocido como “El Rosco”, quien ha liderado y capitaneado el descontento y malestar de este sector al que los profesionales del toreo y el taurinismo oficial no miran con simpatía, precisamente. Y que achaca a los medios de comunicación taurinos, sobre todo a los especializados, tantas veces en manos de los propios taurinos, que les echen la culpa de todo, les tachen de reventadores y les enfrenten a toreros y ganaderos.
Para ellos la clave del espectáculo está, naturalmente, en el toro. Sin toro no hay nada ni nada tiene ya importancia. Por supuesto. Y a partir de esa premisa, se pide a los que se ponen delante hacer las cosas como se debe.
Se quejan del triunfalismo imperante, piensan que Madrid es el fielato que tiene que pasar cada torero y les duele la sensación de pérdida de prestigio y rigor de la plaza de Las Ventas, hasta no hace tanto tenida como la más seria y exigente del mundo y por eso un triunfo en ella valía para dar la vuelta a España de feria en feria. La formación del público taurino que acude a las corridas es cada vez menor y eso influye decisivamente en la disminución de la exigencia mínima debida para con lo hecho en el redondel. Pagan, dicen, y eso les autoriza para exigir que la función no se devalúe. Y en su derecho están. Otra cosa es la falta de respeto o el insulto.
Pero no sólo es en Madrid donde se ha rebajado el listón de la seriedad. Sevilla o Valencia son buenos ejemplos en los que más veces de lo que sería de desear se admiten cosas antes impensables. Desde un ganado claudicante, aborregado, dócil y sumiso hasta la concesión de recompensas por estocadas claramente defectuosas aunque de efecto rápido y orejas por faenas de más envoltorio que contenido en las que no ha habido ni sometimiento ni reducción de la fiera… sometida y reducida desde que fue desembarcada, pasando por el simulacro tantas veces de la suerte de varas, el desconocimiento de la liturgia, en fin… La verdad es que muchas veces se echa de menos la presencia de aficionados taurinos entendidos y rigurosos en los tendidos de casi todas las plazas. Aunque les pese a quienes controlan el tinglado y a los palmeros que les cantan a sueldo.






