Que no pare la fiesta

Diego Ventura hizo pleno tras una exhibición de toreo a caballo.

Albacete, 13 de septiembre
Sexta de feria.
Lleno.

Toros de Los Espartales, bien presentados, distraídos y de comportamiento desigual.

Rui Fernandes, oreja y ovación.
Diego Ventura, dos orejas y dos orejas y dos vueltas al ruedo.
Leonardo, ovación y silencio al no poder matar al sexto.

 

 

 


Paco Delgado

Fotos: Alberto Núñez Aroca

 

La segunda parte del abono albacetense comenzó en el mismo son que finalizó el primer tramo y la plaza se llenó para presenciar un espectáculo que se ha consolidado como seguro: la corrida de rejones, una función que, a la vista está, arrastra a muchísima gente, público que gusta del caballo y que disfruta con las evoluciones de los rejoneadores. También se mantuvo el tono triunfal y brillante y el festejo aportó más trofeos al cómputo general de la feria pese a que el ganado no fue, precisamente, propicio. Pero Diego Ventura, en el mejor momento de su carrera, dio una exhibición e hizo vibrar al personal.
Paró con eficacia y seguridad a su primero, igualmente distraído y muy pendiente de lo que pasaba al otro lado de las tablas. Ventura entusiasmó llevándole a dos pistas para dejar los rehiletes también con tremenda espectacularidad aunque algún palitroque cayese muy abajo. Puso muy alto el listón al dejar rosas y cortas al violín, matando con espectacularidad y contundencia.
De nuevo conectó enseguida con los tendidos al parar al quinto, al que llevó siempre encelado y con el que volvió a dar una exhibición de toreo a caballo, citando de frente con el pecho y clavando al estribo y arriba, alcanzando el punto culminante de su actuación al banderillear sin cabezada a lomos de “Bronce”. Eficaz y certero con el rejón de muerte, logró el pleno -y le pidieron con fuerza el rabo del toro- a los gritos de ¡torero! ¡torero! a la vez que se abroncaba al palco.

El toro que abrió plaza salió barbeando tablas, calculando la posibilidad de saltar al callejón y tardando mucho en hacer caso a Rui Fernandes, que logró fijarlo con un único rejón de castigo, luciéndose luego con sus quiebros para banderillear y costándole más clavar las cortas cuando el toro se aplomó.
Tuvo que tirar de paciencia y veteranía, en un ejercicio de oficio y conocimiento, para sacar todo el partido que tuvo el cuarto, que sólo a ratos mostró interés por sus caballos. La tardanza en matar le costó la puerta grande, saliendo al tercio por su cuenta para provocar la ovación.

Muy desentendido el tercero, Leonardo bregó lo suyo para encelarle mientras los espectadores estaban más pendientes de si el animal saltaba o no la barrera. Tampoco en el segundo tercio estuvo especialmente acometedor, haciéndolo todo el rejoneador.
Más colaborador fue el sexto, con el que anduvo más reposado y pudiendo mostrar su gran monta, excelente doma de sus caballos y tino rejoneador. Pero la dicha no fue completa y el de Los Espartales se agotó antes de tiempo, complicando su afán por agradar. No pudo ni matar al doblar el animal tras las últimas banderillas.

 

 

 

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