El toro de cuerda es mucho más que una modalidad de festejo popular, es una expresión de participación, convivencia y sentimiento colectivo, es el mejor ejemplo de una fiesta en la que todos caben y todos tiran de la misma cuerda, una fórmula que debería inspirar a la tauromaquia profesional.

Descubrí el toro de cuerda hace una quincena de años de la mano de Juanot, reconocido embolador y personaje ilustre del mundo del toro de la calle. Fue él quien me invitó a presenciar por primera vez una modalidad que desconocía y que, quizá precisamente por ello, intuía menor. A las siete de la mañana estaba viendo cómo le colocaban la badana al astado, antes de soltarlo media hora más tarde por las calles de Turís.
El animal salía con pies y recorría la población valenciana mientras los más valientes intentaban no soltarse de la maroma de la que el toro tiraba con energía. Pero, a medida que perdía pujanza, los mozos le ganaban la cara y pasaban a liderar la dirección del recorrido, encauzándolo hacia las viviendas de las integrantes de la Comisión de Fiestas del pueblo. En cada una de ellas, el toro era atado a los barrotes para que descansara y, mientras se le refrescaba, los participantes eran agasajados con aperitivos y tentempiés, gentileza de las festeras locales. La operación se repetía hasta concluir en casa de la Reina de las Fiestas, mientras una marabunta desbordantemente excitada acompañaba un callejeo abarrotado y emocionante.
No había alardes, se huía de la temeridad, no existían individualismos ni exhibiciones. Todo lo contrario. La cuerda unía a un pueblo que tiraba al unísono. La fuerza era una sola, la hermandad reinaba y el séquito seguía, de forma voluntaria y unánime, al bravo de principio a fin. Después, las callejuelas de Turís eran tomadas por incontables mesas con copiosos manjares y miles de aficionados que saboreaban un suculento almuerzo mientras comentaban los avatares de la jornada.
Quince años después he regresado a Turís para comprobar que, afortunadamente, nada ha cambiado. Bueno, en realidad en algo se ha mejorado: ahora se sueltan dos toros en vez de uno, para mantenerlos más frescos y fuertes. Pero la esencia de la fiesta sigue siendo la misma: hermandad.
El toro de cuerda une a jóvenes y mayores, a mujeres y hombres, a atletas y sedentarios. No existe otra modalidad que dé cabida a tanta gente y de tan diferente condición. Todos pueden participar. Todos caben. Y la participación popular es, precisamente, el secreto del éxito del toro de la calle en general y del toro de cuerda en particular. Los aficionados son los protagonistas absolutos de la celebración. Ellos recaudan el dinero necesario para organizar la fiesta, ellos eligen los hierros y los astados, ellos organizan y ellos participan.
En el toreo profesional, por el contrario, el menú viene servido por un empresario que hace y deshace a su antojo, sin tener demasiadas veces en cuenta los méritos de los actuantes, el momento de las ganaderías ni la voluntad del cliente. Y, también demasiadas veces, el resultado no acaba siendo el apetecido.
En la Comunitat Valenciana se celebraron el año pasado 9.542 festejos de calle, de los cuales 112 fueron con toros ensogados. Son datos que crecen año tras año mientras una parte de nuestros representantes políticos les dan la espalda y, lo que es peor, una parte de los profesionales del toreo desestiman esta realidad sin entender que el mejor ejemplo lo tienen delante de las narices.
No se trata de que en las plazas se organicen almuerzos tan suculentos como los de Turís. Se trata, simplemente, de que se confeccionen los carteles dando voz y voto a quienes sustentan el espectáculo, de que se busque la hermandad y la unidad, de que el aficionado vuelva a sentirse parte esencial de aquello que sostiene. Porque si todos participan y todos caben, la salud y la fortaleza de la Tauromaquia están aseguradas.









