Más allá de la herejía Paco Villaverde Hace muchos años, recuerdo que fue en la celebración del ciento cincuenta aniversario de la plaza de Bocairente, La Serreta creo que se llama la preciosa plaza que usurpa la mitad de su espacio a la montaña, se confeccionó un cartel en el que estaba incluido José Maria Manzanares, el padre, porque después de lo de Madrid de este año el hijo ha adquirido derecho propio a portar el nombre ya legendario. Aquel día Manzanares realizó una faena increíble, por bella, pero sobre todo porque no se esperaba que a un coso de tercera categoría, por muy cuco y con solera que sea, pudieran acudir las musas al sentimiento de un torero extraordinario, pero ciertamente irregular. Sinceramente, aquel día entendí, sobre todo una cosa, que el toreo, compuesto de una materia indefinida e intangible, puede suceder en cualquier sitio, que no hay que tener prejuicios para disfrutar y sobre todo que los contextos se llenan de coherencia por sí solos sin necesidad de pertenecer a nada y sin que tengan la necesidad de volver a suceder. Aquel día titule la crónica El Templo no hace a la iglesia.






