No es la primera vez que sucede ni, lamentablemente, será la última. Las plazas cada vez acogen menos aficionados -y muchos menos de los que de verdad sepan y entiendan- y sus tendidos se pueblan mayoritariamente de un público festivo que sólo busca diversión, sin analizar ni tener en cuenta qué es lo que sucede en el ruedo. Sólo quieren orejas como prueba de que la función ha valido la pena.






