El 1 de mayo de 1996 El Cordobés, en Játiva, hizo matador a José Pacheco.
El 1 de mayo de 1996 José Pacheco se convirtió en matador de toros en un festejo poco menos que histórico y tras varias temporadas de ir metiendo cabeza, cuatro años después merodeaba la cumbre del toreo.
Una tan grave como inoportuna cornada se cruzó a destiempo y frenó en seco sus progresión. Con todo estuvo otra dÉcada más en primera línea y firmó una
trayectoria importante.
Fue la última década del siglo XX puede que la más brillante de la tauromaquia valenciana. El Soro, Enrique Ponce y Vicente Barrera estaban en todas las ferias y a su estela surgía cada temporada un puñado de diestros que apuntaban maneras. Uno de ellos, José Pacheco Rodríguez, que adoptó el alias usado por su padre, Francisco, para figurar en los carteles, fue otro de los que despuntó en la primera mitad de aquel decenio y en 1996 dio el salto a la primera línea.
Nacido el 18 de abril de 1974, había debutado con picadores el 21 de abril de 1991, en Játiva, alternando con Paco Aguilera y Manolo Carrión en la lidia de novillos de Miguel Ceballos y ya dejó ver detalles que tardaron un tiempo en hacerse palpables. Con la llegada de Enrique Grau como apoderado, las cosas cambiaron y tras hacerle un buen número de novilladas, consiguió no sólo hacerle conocido y popular sino que hasta le montó una alternativa de campanillas y logró que El Cordobés, que muchos años antes le había dicho en Villalobillos que si decidía ser torero él le daría la alternativa, fuese su padrino.
En 1996, José Pacheco “El Califa” se puede decir que llevó a cabo dos campañas en una; mató 12 novilladas, con triunfo importante en La Maestranza, antes de que el día 1 de mayo, en Játiva, Manuel Benítez “El Cordobés”, su ídolo desde la infancia y compañero de correrías en la época de maletilla de su padre, le convirtiese en matador de toros en un festejo triunfal, en el que junto a su padrino salió a hombros después de que Benítez volviese a demostrar las muchas razones que le llevaron a ser la última gran figura que ha tenido el mundo de los toros, y él, pese a los nervios lógicos de tan trascendental ocasión, no se dejase ganar la pelea por quien fue algo más que compañero de fatigas de su progenitor.
Unos días antes se organizó un tentadero en la finca de Nazario Ibáñez, el ganadero que sirvió el ganado para la corrida de su alternativa, en el que El Cordobés encandiló a los presentes y a los representantes de la prensa que nos dimos cita en Las Moratillas y que disfrutamos de la personalidad arrolladora de un torero irrepetible.
Luego Manuel Benítez, aquel día 1 de mayo de 1996, como un Ave Fénix, se elevó de nuevo de sus cenizas y tras el gran recuerdo que había dejado en el festival del Montepío de Toreros de Valencia, se vistió de nuevo de luces, de burdeos y oro, para dar la alternativa a José Pacheco “El Califa”. Con el carisma que siempre tuvo, y con un tirón irrefrenable, que se materializó en la nube de reporteros gráficos que apenas si le permitieron hacer el paseíllo a duras penas, reeditó viejas glorias y evidenció que quien tuvo retuvo. Tras dejar unas chicuelinas tan ceñidas como imposibles, su muñeca izquierda volvió a mostrarse prodigiosa y su cabeza tan despierta y rápida como 30 años atrás. Ante un excelente encierro de Nazario Ibáñez estuvo pletórico y tan entregado que hasta se dejó dar dos o tres volteretas, levantándose como si nada y volviendo a la cara del toro con una rabia y un coraje, ya prácticamente desaparecidos de las alforjas de la grey torera.
El toricantano estuvo digno, atropellado en algún momento, pero superó con bien el trance. Vestido de blanco y oro, como mandan los cánones, paseó las cuatro orejas de sus toros -”Fundador”, número 27, fue con el que se doctoró-, y salió a hombros junto a El Cordobés, que obtuvo tres y un rabo. Completó el cartel Fernando Martín “Sacromonte”, que vino de la mano de su amigo Benítez, y que dió sendas vueltas al ruedo
Tras ese doctorado Enrique Grau, le planificó una temporada de rodaje en la que el torero de Canals -aunque vivió tanto tiempo en Játiva que no son pocos los que le tienen como nativo de esta ciudad- dejó constancia de sus muchos progresos técnicos y ratificó una virtud que siempre exhibió: un valor casi temerario, pero tremendamente consciente y que llega enseguida al público. Mató 17 corridas, en las que obtuvo 35 orejas, y en todas ellas dejó claro que quería ser alguien en este tan complicado negocio.
Poco a poco fue subiendo en el escalafón y en la última campaña del siglo XX se convirtió en la gran revelación y el gran suceso de aquel San Isidro del año 2000, saliendo a hombros de Las Ventas tras cortar dos orejas a un toro de Dolores Aguirre que le valió ser considerado como el triunfador del serial. Ese fue su cenit.
Una gravísima cornada sufrida en Córdoba el 22 de mayo de 2001 llenó de negros nubarrones su horizonte y su ruptura con el hombre que le lanzó, Enriqu Grau, no mejoró el panorama.
A partir de entonces se sucedieron en su dirección Ignacio Zorita, Antonio Ródenas, Luis Fernández “Jocho”, Antonio Ruiz Palomares y Pepe Flores, sin que su carrera retomase ya el brío que tuvo en sus primeros años y aunque en 2006 pareció remontar, toreando 32 tardes, sus contratos bajaron a 15 en 2007, 9 en 2008, uno en 2009 y 4 en 2010, ejercicio a cuyo final, sin dar explicaciones ni ruedas de prensa, sin hacer declaraciones ni ruido, decidió que hasta allí había llegado.
Pero ahí está lo hecho, mucho, por este torero que quiso ser, y a punto estuvo de conseguirlo, el Califa de Valencia.








