Emilio de Justo, que firmó una faena encajada y profunda, hizo lo mejor y cortó la única oreja de la función que cerró la feria de fallas.
Valencia, 19 de marzo
Décima y última de la Feria de Fallas.
Tres cuartos de entrada.
Toros de Núñez del Cuvillo, bien presentados, blandos y de buen juego. El mejor, el quinto.
Talavante (de púrpura y oro), ovación y silencio con aviso.
Emilio de Justo (de verde parra y oro), vuelta al ruedo tras aviso y oreja con otro aviso.
Juan Ortega ( de topo y oro), silencio y silencio.
De las cuadrillas destacó Abraham Neyro.
Foto: Mateo
Un rato antes de que los magníficos monumentos de cartón, corcho y madera ardiesen en su tradicional ceremonia de purificación, ardió también el último festejo de la feria de fallas, una función en la que se puso de manifiesto una vez más el talante festivo y poco exigente del público asistente, que volvió a pedir orejas sin ton ni son y por faenas insustanciales y de escaso peso y abroncando al palco por sistema, valorando con el mismo rasero la orfebrería fina y la bisutería barata.
Se lidió un encierro de Núñez del Cuvillo que tuvo seriedad por delante, con cara y arboladura imponente pero sin remate en su conjunto. Nobles y manejables pero sin chispa, cuarto y, sobre todo, quinto, fueron los de mejor nota.
Y con ese quinto Emilio de Justo hizo lo mejor de la tarde. Se hizo ovacionar al ponerle en suerte, luciendo también Juan Ortega en el quite correspondiente. En banderillas a punto estuvo de dar un serio disgusto a José Pérez, al que a la salda d un par d banderillas enganchó de muy mala manera por el chaleco, aunque todo quedó, afrontadamente, en el susto. Muy dispuesto De Justo se fue asentando poco a poco, y procurando encajarse con un toro noble y repetidor tras una fase de cierto barullo; se atemperó y dejó varias tandas, sobre todo al natural, de trazo limpio y rematadas muy atrás, paseando más tarde una muy justa oreja.
Perdió las manos ya de salida el anovillado segundo, un torete que se tapó por la cara pero que tuvo un embestir alegre y pronto. No se acopló, sin embargo, con él Emilio de Justo, quizá molestado por el viento o sin estar totalmente recuperado de su percance de hace unas semanas en Olivenza, que se dejó enganchar con demasiada frecuencia, lo cierto es que casi nunca hubo encaje y sólo en momentos puntuales, al final de su largo trasteo, logró lucir.
Alejandro Talavante, que repetía actuación en este serial y que apenas dijo nada en su anterior comparecencia, se lució al llevar al caballo a su primer oponente, un toro flojo que se derrumbó nada más llegar a la jurisdicción del piquero de turno. Tras el simulacro de suerte de varas le fue dando aire, pasándole por alto en el inicio de una faena más de cuidados y mimo que lucha y sometimiento, toreando, eso sí, con lentitud y limpieza pero sin generar emoción alguna.
Más cuajado fue el cuarto, y aunque asímismo con poca energía sí tuvo mejor son. Buscó estirarse Talavante, saliendo a los medios para llevarle con templanza y, por momentos, ligazón, dejándole también respirar entre serie y serie, aunque al final su oponente se acabó cansando sin que su quehacer, que fue cogiendo velocidad conforme avanzaba, llegase a romper finalmente. Le costó matar y su paso por esta feria apenas dejó recuerdo.
Cogido con alfileres el tercero, al que le costaba mantenerse en pie, quedándose muy corto enseguida, defendiéndose incluso, desentendido. Juan Ortega anduvo por allí, frío, sin limpieza ni claridad. Tampoco hubo material para más. Pero tampoco eso justificó el bajonazo con el que puso al toro a los pies de las mulillas.
Inédito con su capote de vueltas blancas con el que cerró plaza y feria, buscó lucimiento muleta en mano pero no hubo claridad en sus acciones, dejando una faena muy deslavazada, con numerosos enganchones, algún desarme y mucho ir y venir pero sin conjunción ni conexión con la parte contraria. También la cremá fallera le hizo volatilizarse como pavesas.