La Conselleria de Justicia e Interior de la Generalitat Valenciana ha distinguido con el Premio ‘Va de Bous’ al embolador Juan García Palmero “Juanot”,
representante de una modalidad de la que el año pasado se celebraron 1.507 festejos sólo en la Comunidad Valenciana.
Carlos Bueno
Lleva más de 40 años embolando toros, una tradición que en Valencia tiene especial significación por su historia y por cuanto identifica a la gente de sus calles. Afirma que de toda la vida lo que a él le gustaba era torear, y que siendo un niño perdía la noción del tiempo siguiendo a los toreros que salían por la puerta grande del coso de Monelón y que, antes de ser llevados al hotel, se les procesionaba por distintos bares de la ciudad donde compartían tragos con los aficionados.
Eran otros tiempos, cuando embolar toros en las calles era algo reservado a los elegidos, seres respetados y admirados que no solamente tenían un valor especial y conocían la técnica, sino que además sabían los secretos para fabricar buenos herrajes y las mejores bolas, las que duraban sin apagarse, las que no chorreaban ni desprendían humareda negra.
Juan García “Juanot” aprendió a embolar fijándose en ellos y descubrió los misterios de la confección de las bolas a base de experimentación, tiempo y afición. Los veteranos le fueron dando sitio y cuando quiso darse cuenta se había convertido en un referente del toro embolado.
Una de sus señas de identidad siempre ha sido la rapidez, porque “al astado hay que hacerle las cosas pronto y bien para que no sufra”, defiende. Tiene el cuerpo cosido a cornadas y quemaduras, entre ellas cinco de extrema gravedad, pero no le guarda ningún rencor al animal, al que honra y venera. Proclama que, como sucede en la plaza, también en la calle se ha perdido exigencia, pero él sigue imponiéndose la mayor precisión en cada actuación, que en los últimos tiempos cifra en unas 150 al año.
Asegura que continúa en activo porque su hijo está siguiendo sus pasos y quiere estar a su lado mientras pueda, y recuerda lo mal que él se lo hizo pasar a sus padres, en especial a su madre, cada vez que salía de casa a embolar un toro. “Es lo único que me gustaría cambiar”, confiesa. Ahora les puede dedicar un premio que, más allá de un galardón personal, es el reconocimiento a una tradición demasiadas veces relegada.









