Valencia, 11 de marzo. Segunda de feria.
Toros de Alcurrucén, muy bien presentados pero mansos, descastados y sosos. Sólo el sexto tuvo mejor son.
Juan Bautista (de verde hoja y oro), ovación con aviso y silencio.
Fortes (de negro y plata), ovación y silencio tras aviso.
Álvaro Lorenzo (de azul pavo y oro), silencio y oreja.
De las cuadrillas destacó Raúl Adrada.
Alrededor de un tercio de entrada.
Paco Delgado. Valencia.
Se esperaba más, bastante más, de la corrida que abría la feria de fallas. Pero ya se sabe que el hombre propone, Dios dispone y… el toro lo descompone, siendo este función inaugural un pequeño fiasco que se arregó un poco al final del festejo.
Hubo que esperar a que saliese el sexto toro para que la primera corrida de la feria de fallas se fuese arriba y aunque el astado de Alcurrucén fue a menos y se apagó en el segundo tramo de su lidia hizo una buena pelea en varas y permitió a su matador, Álvaro Lorenzo -que debutaba en esta plaza- una faena muy entonada y parsimoniosa en su primera mitad, llevándose al final la primera oreja del abono fallero.
Hasta entonces se habían lidiado cinco toros mansos, parados y sosos, sin emoción ni gracia. La excelente presentación de los toros de los hermanos Lozano -con la salvedad del burraco que hizo segundo, protestado por su muy justa presencia- no tuvo correspondencia con el juego dado, saliendo, uno tras otro, a la defensiva y sin emplearse. Fueron cinco toros huidos y asustadizos, que no quisieron saber nada de los caballos y que en el último tercio no embistieron, entrando a la muleta, cuando lo hicieron, cansinos y sin entrega alguna, haciendo estériles e inútiles los esfuerzos de Juan Bautista, que quedó prácticamente inédito, y Fortes, cuya valentía y disposición no tuvieron recompensa dada la poca consistencia del material del que dispuso.
Pisó el malagueño terrenos siempre muy comprometidos, arrimándose hasta con temeridad con su primero, pero sin lograr que su labor llegase al tendido ante el nulo celo de su oponente. También estuvo mucho rato ante el quinto, intentándolo todo y justificándose de sobra.
Juan Bautista apenas pudo estirarse con el que abrió plaza, en una faena larga y basada en la mano diestra que remató con una gran estocada recibiendo que sólo mereció el que aflorasen -contados- siete pañuelos y un sombrero, blanco, eso sí, siendo lo mejor de su actuación con el cuarto -un animal bravucón que quiso comerse al picador y que salió de najas apenas sintió el hierro- el que acabó con él sin mucha demora, en tanto que Álvaro Lorenzo, con su primero, tuvo que aceptar el reto de plantarle cara en toriles pero sin opción alguna de lucimiento. Menos mal que al final apareció un castaño bien armado y con su cuajo, con el que el torero toledano se estiró al recibirle de capa. Se arrancó de lejos el toro al peto y apretó en ese primer tercio, llegando al tercio de muerte embestidor y noble, lo que aprovechó Lorenzo para sacar varias series de buen trazo y no poco temple. Pero, poco a poco, el animal se fue apagando y con ello bajando la intensidad del trasteo, que fue recompensado con cierta generosidad con una oreja que deja abierta la puerta a la esperanza.









