El matador de toros norteamericano John Fulton, apenas llegado a España, allá por los años 50/60, se quedó sorprendido por las numerosas supersticiones que abundan en el mundo de los toros.
Fulton fue desechando, una por una todas las supercherias: empezó utilizando un determinado color, eliminó por desterrar el número 13, ocupar una habitación de hotel con ese número, y así todas que se le presentaron. Solamente quedó una: cruzarse con un entierro. Hasta que un día camino de la plaza vió a un cura con los monaguillos con ropa funeraria.
Fulton se dirigió a los miembros de su cuadrilla y les dijo: Menos mal que yo no soy supersticioso. Adelante, camino de la plaza.
Nuevamente por culpa del tráfico se volvieron a cruzar con el entierro, Y hasta hubo un nuevo encuentro con la triste comitiva.
Esa tarde cortó dos orejas y todo fue un éxito. Nueva prueba superada.
Pero al llegar al hotel, un amigo le dijo:
– Ahora si que te has metido en un buen lío John.
– ¿Pero porqué? Si no ha ocurrido nada.
– Como que no- le replicó su amigo. Ahora tendrás que cruzarte varias veces con un entierro para asegurarte el triunfo.
Y decía Fulton que no era supersticioso.









