Y seguimos con las supersticiones. Que en el sector de la tauromaquia tiene muchos adeptos. Y uno de ellos fue Enrique Molina.
Cuenta Enrique Molina, que en su debut con picadores, allá por el principio de los años 50, me parece recordar, estuvo acartelado como novillero en el debut de mi buen amigo y admirado Enrique Patón en Valencia, aunque no estoy seguro de que fuera esa tarde o quizás en otra.
Cuenta Molina, que otro de los novilleros era José María Clavel, quien sabedor de que uno de los banderilleros, Eduardo Gordillo, era tremendamente supersticioso con los tuertos, azuzó a Gordillo contra un espectador de una barrera.
Gordillo, con malos modales, le pidió al pobre hombre que se tapase el ojo con una cortinilla o le hacía culpable de lo que le pudiese pasar esa tarde.
El hombre obedeció y a partir de ese momento todos nos sentimos más seguros y el maleficio que anunciaba Gordillo, desapareció, gracias a la buena voluntad del tuerto.
Pero la superstición no acabó y sigue vigente.