“Los toros de don Celestino, sin casta, sin motor y sin tino”. Bueno, esas tres concidiones y muchas más carencias. Es muy difícil asistir a una corrida de toros, con un resultado tan negativo.
De los seis lidiados, el sexto como sobrero, apenas pudieron los lidiadores sacarles, como mucho media docena de muletazos. Eso, insistiendo hasta la saciedad; eso, arriesgando hasta el punto de que Rafaelillo en su afán de querer terminar una tanda cortísima, acabara en la enfermería.
El doctor Fernando Carbonell nos dice que el diestro murciano sufre una cornada en el gemelo derecho de 20 centímetros de extensión, con una trayectoria hacia arriba y otra hacia abajo, que afortunadamente no afecta a arterias o vasos sanguineos importantes. Lo que se dice en el argot una cornada limpia, pero eso si, grave.
El querido y admirado galeno, nos informa igualmente que Rafaelillo ha pasado la noche con las consiguientes molestias, pero sin fiebre. Se recupera, gracias a Dios, de manera satisfactoria en el hospital La Salud.
Deciamos antes, que es muy difícil ver una corrida con tan mal resultado.
Al acabar el festejo, nuestro compañero y sin embargo amigo, José María Jericó, nos confesaba que a pesar de llevar muchos, muchísimos años viendo toros, le resultaba muy difícil á nuestro colega alicantino, recordar algo parecido.
Totalmente de acuerdo.
Se incorporan a esta feria, mutilada, dividida, y de máxima brevedad, la màs corta que recordamos, desde hace 76 años que venimos asistiendo, entre otros, el más fiel de todos ellos: Carlos Ilián. También Arnás, Amorós, Ramón, Aguado, y los paisanos, Luis Miguel Sánchez, Blas de Peñas y el ya citado Jericó.
Echamos en falta a Barquerito, Hurtado, Zabala de la Serna, quienes, al parecer, prefieren evitar el calor y disfrutar del mejor y más benigno clima santanderino.
Ellos se lo pierden.
Saludamos al entrar en la plaza al laureado artista castellonense, Ripollés, uno de los mejores embajadores de España, merced a sus pinturas y esculturas conocidas en todo el mundo. Luego lo vemos ocupando un burladero de callejón.
Muy cerca del artista, nuestro buen amigo, desde hace la friolera de años. Enrique Patón. a quien vimos debutar en este mismo ruedo hace, no lo quiero ni pensar, un buen montón de años. Enrique luce una preciosa camisa, que podría ser la envidia de más de uno. Y es que Patón sigue siendo un chaval.
Termino, para referirme a la fantasía del “solo” que interpretó uno de los músicos de la banda de Paiporta, que ayer amenizó el espectáculo. Ese “solo” de trompeta en el pasodoble “Pepita Greus”, del maestro que fue mi compañero en tareas laborales, Pascual Pérez Cholvi, no lo habíamos escuchado nunca.
Damos fé de ello.
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