Jorge Hurtado y Alejandro Rubio salieron a oreja por coleta ante una exigente novillada de Baltasar Ibán.
Algemesí, 26 de septiembre.
Octava de feria.
Lleno.
Novillos de Baltasar Ibán, desiguales de presencia pero con su seriedad y codicia.
Jorge Hurtado (de celeste y oro), ovación y oreja.
Alejandro Rubio (de blanco y plata), vuelta al ruedo y oreja.
De las cuadrillas destacaron José Gabriel Marín y Salvador Lobato.
Paco Delgado
Fotos: Mateo
El penúltimo festejo de la Feria de las Novilladas -en el que, 26 de septiembre, se volvió a olvidar el minuto de silencio en recuerdo a Paquirri- , parecía encaminado al olvido y al cajón de lo prescindible. Novillos terciaditos pro con movilidad y encastados y novilleros que no tuvieron claro cómo resolver la papeleta que se les planteaba. Y no la resolvieron, claro. Pero tras la merienda -qué sería este serial sin su merienda, en la que no sólo se refresca el gaznate y se reponen fuerzas sino que sirve para que la chiquillería se nutra de argumentos para que su afición crezca con ellos- el panorama cambió sustancialmente.
Jorge Hurtado, con un utrero más hecho y cuajado y que derribó al piquero, estuvo muy firme y asentado, llevando a su oponente encelado aunque sin acabar de rematar una labor en la que tampco siempre hubo limpieza. Pero fue muy eficaz con el estoque y paseó la primera oreja de la tarde.
Otra se llevó Alejandro Rubio, que entró en la feria sustituyendo a Rafael de la Cueva en lo que sería su primera novillada tras su debut con picadores. Se midió a un novillo que se comía el capote y que no tuvo dudas para embestir cuando le ponían el engaño delante. Más tuvo el novillero, que no siempre acertó a conducir las acometidas de su antagonista y sólo a ratos toreó con templanza y largura. Eso sí, derrochó voluntad y ganas.
Se lució al veroniquear a su primero, que embistió con codicia y fijeza sin que su matador lograse pararle ni, mucho menos, someterle.
Hurtado no se aclaró para fijar al que abrió plaza, un animal chico pero con mucha movilidad. Comenzó su faena de muleta muy dispuesto, rodilla en tierra, pero el motor del de Ibán pedía más firmeza y mando, sin que su trasteo acabase de tomar ni forma ni vuelo.






