Teoría, y práctica, de lo rotundo

Roca Rey abrió la puerta grande tras una actuación en la que se mostró intratable.

Albacete, 11 de septiembre
Cuarta de feria.
Lleno.
Cuatro toros de Daniel Ruiz y dos, segundo y sexto, de Victoriano del Río, desiguales de presencia y juego. El mejor el sexto.
Alejandro Talavante (de grana y oro), pitos y ovación.
Roca Rey (de nazareno y oro), ovación tras aviso y dos orejas tras otro aviso.
Samuel Navalón, (de rosa y oro), oreja y ovación con aviso.
Javier Perea se desmonteró al parear al sexto.

Paco Delgado

Fotos: Alberto Núñez Aroca
Tras los primeros festejos dedicados a la novillería, que tanta satisfaccón han dado, el protagonismo del abono de Albacete pasó a las figuras. Que tanta satisfacción ha dado ya a la empresa en esta su primera: lleno hasta la bandera. Con el consiguiente atasco en las escalerillas de acceso a los tendidos a la hora de hacer el paseíllo y las molestias consecuentes a los espectadores previsores y puntuales.
Los que no estaban lidiando con los tardones que buscaban su aposento protestaron la poca fuerza del primer toro, claudicante y parado ya en los primeros tercios y con el que Talavante no pudo ni estirarse, pasaportándolo sin dar un muletazo y escurriendo el bulto a la hora de matar.
Quiso resarcirse con el cuarto, mansón en varas, haciéndose aplaudir en el quite y poniendo ya a la gente de su parte con su puesta en escena nada más abrir una faena muy intermitente, con muchos tiempos muertos y poca unidad, con más envoltorio que contenido.
Veroniqueó a cámara lenta Roca Rey a su primero, un ejemplar terciadito de Victoriano del Río que se quedó sin picar. Arrancó su quehacer por lo tremendo, poniendo al público en pie con sus pases cambiados de rodillas y sin espacio material entre las partes. Clavadas las plantas al suelo llevó imantado a la muleta a su oponente, toreando con despaciosidad y un temple exquisito antes de dar fiesta al tendido cuando ya había exprimido al animal en una faena técnicamente impecable que no acertó a rematar con el estoque.
Muy desentendido de salida el quinto, sin entrega, e incluso manseando, en varas, tiró de paciencia y mando el peruano para meterle en vereda, volviendo a combinar una técnica exquisita con un valor tantas veces contrastado. En un palmo de terreno, sin enmendarse, fue sacando todo de un animal al que fue haciendo poco a poco antes de enloquecer con sus adornos y desplantes a una concurrencia que hasta acabó pidiendo el indulto para un toro al que sólo el poderío y rotundidad de su matador hizo embestir.
Se lució Navalón al veroniquear de rodillas al tercero, no muy por la labor y al que obligó a embestir casi a empujones, llevándose un revolcón al quitar. Y otro achuchón sufrió nada más coger la muleta, al no obedecer su dictado el toro, rebrincado y probón, al que en un visto y no visto metió en el engaño, pasándoselo muy cerca y dándole todas las ventajas. Valor a raudales. Y ganas de ser.
Y lo volvió a demostrar yéndose a portagayola a recibir al sexto, una raspa con muchos cuernos que derribó estrepitosamente al piquero y su montura y puso en apuros al peonaje en banderillas. Derrochó voluntad e interés el de Ayora pero no acabó de cogerle el aire a un toro que tuvo afán y voluntad embestidora, gastando su turno en probaturas y alardes de valor.

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